21 Oct 2020

La verdadera recompensa (Mateo 20,1-16)

[Evangelio del domingo, 25.º del Tiempo Ordinario – Ciclo A]

Mateo 20,1-16:

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El reino de Dios es como un amo que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña. Convino con los obreros en un denario al día, y los envió a su viña. Fue también a las nueve de la mañana, vio a otros que estaban parados en la plaza y les dijo: Id también vosotros a la viña, yo os daré lo que sea justo. Y fueron. De nuevo fue hacia el mediodía, y otra vez a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. Volvió por fin hacia las cinco de la tarde, encontró a otros que estaban parados y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña. Al caer la tarde dijo el dueño de la viña a su administrador: Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros. Vinieron los de las cinco de la tarde y recibieron un denario cada uno. Al llegar los primeros, pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Y, al tomarlo, murmuraban contra el amo diciendo: Esos últimos han trabajado una sola hora y los has igualado a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor. Él respondió a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No convinimos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Pero yo quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O ves con malos ojos el que yo sea bueno? Así pues, los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos».

En nuestra sociedad, la lucha por la justicia social, por los salarios dignos, por la posibilidad misma de un empleo, tiene tanta fuerza que es fácil que nos despistemos al escuchar esta parábola. Parece que presenta a Dios como un patrono, un empresario caprichoso que responde a las críticas de los sindicalistas con un «yo hago lo que me da la gana».
No es eso. Muchas parábolas usan la misma técnica que esta para conducir a sus lectores hacia una reflexión que tiene poco que ver con las apariencias. Al principio se describen las contrataciones tal como sucedían en la realidad cotidiana; al final, en cambio, la actitud extraña y provocativa del dueño exige que pasemos a comprender el relato desde otra óptica, desde la óptica de Dios.
«El Reino de los cielos se parece a…» algo muy raro, algo que no se da en nuestro mundo, a la generosidad infinita de Dios que no se para a medirnos ni a pesarnos para regalarnos su amor. Y es que a Dios no le van las matemáticas, y nos pide que nosotros también dejemos de contar y compararnos con tanta precisión, que nos dediquemos a trabajar su viña con espíritu esponjado y generoso. Todos son llamados, todos sin excepción, porque no es lo importante la cantidad de trabajo, el número de horas, sino la posibilidad misma de trabajar, de vivir, totalmente entregado a Dios. La auténtica recompensa no es el denario, el jornal; el verdadero don de Dios es poder seguirlo, poder estar trabajando para él, sirviéndole al servir a los hermanos. Los primeros jornaleros han tenido la enorme ventaja de haber conocido antes a Dios, de poder dirigir su vida por un camino de plenitud, de autenticidad, de alegría. Los demás han tenido que esperar, han estado ociosos en la plaza o vagabundeando con su vida a cuestas hasta encontrarse con el Señor de la vida.
¡Ojalá todos nos encontrásemos de verdad con la llamada urgente de Dios a hacer de su viña, que es este mundo, el planeta de solidaridad, de amor, de fraternidad que él soñó, y sigue soñando, para sus hijos amados!

(Domingo 25.º del Tiempo Ordinario – Ciclo A)

3 comentario en “La verdadera recompensa (Mateo 20,1-16)

  1. Esta preciosa parábola me recuerda un poco a la del hijo pródigo, aunque no hablen exactamente de lo mismo, en el sentido de que el señor (empresario o padre) trata igual o mejor a los que fallan o llegan tarde que a los que lo hacen todo perfecto o a su hora.
    Realmente, sería una tontería seguirla de manera literal, ya que en el mundo material, por decirlo de alguna manera, lo lógico y lo justo es que cada cual cobre por el trabajo que realiza. Pero si atendemos a la metáfora espiritual, es muy hermosa: Dios nos ama tanto y es tan misericordioso que regala el Cielo y la salvación por igual a los que le siguen desde el principio con rectitud, que a los que le encuentran más tarde o se desvían el camino, si al final se vuelven de nuevo hacia Él. Qué distinto, por ejemplo, de la concepción de Dios (limitada en el mejor de los casos cuando no directamente malvada y sádica) que tienen ciertos cristianos, algunos de ellos incluso grandes figuras de la Iglesia, como aquel (no recuerdo quién era, igual tú me puedes refrescar la mamoria ^^U) que dijo que los bienaventurados del Cielo podrían contemplar desde allí a los condenados del infierno, para que su bianventuranza les satisfaga más (¿quién puñetas capaz de alegrarse del tormento eterno de alguien puede ser digno de estar en el Cielo?).

  2. Gracias, Estelwen. No sé de quién es la frase que citas, pero estoy de acuerdo en que muchas veces en la Iglesia hemos presentado a Dios de forma muy equivocada. Me da la impresión de que, cuando se presentaba a Dios tan ‘estricto’ que llegaba a ser despiadado no era tanto por maldad sino por entender la religión de forma demasiado teórica.
    Para huir de un extremo («tú haz lo que te dé la gana, que como Dios es bueno…») se caía en el otro («el amor de Dios no importa nada, tan solo lo que tú seas capaz de alcanzar con tus fuerzas, a la mínima te va a castigar»).
    Sobre el papel parece que todo es blanco o negro, pero en la realidad hay tantos matices de gris (¡y de color!) que se nos hace muy difícil discernir. Por eso es una suerte que sea Dios el único que nos tenga que juzgar.

  3. a mi esta parabola me recuerda mucho a una frase que lei una vez; dice mas o menos asi «no importa la cantidad de trabajo que haces si no el amor con que lo hagas». Madre Teresa de Calcuta.

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