25 Feb 2020

¿Qué buscáis? (Juan 1,35-42)

[Evangelio del domingo, 2.º Tiempo Ordinario – Ciclo B]

Juan 1,35-42:
En aquel tiempo estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo:
-Éste es el cordero de Dios.
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó:
-¿Qué buscáis?
Ellos le contestaron:
-Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?
Él les dijo:
-Venid y lo veréis.
Entonces fueron, vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo:
-Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).
Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:
-Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).

Comentario para la Eucaristía de hoy
¿Qué buscáis?
¿Qué hemos venido a buscar los que estamos aquí en la Eucaristía?
¿Alguien nos ha hablado de Jesús, y nos ha dicho que aquí lo encontraríamos?
¿Qué buscamos? ¿Qué nos falta? ¿Qué anhelamos?
¿Qué es eso que no podemos conseguir por nosotros mismos, que no podemos comprar en las tiendas, que no podemos conseguir a cambio de algo?
¿Qué es lo que buscamos viniendo al encuentro de Jesús?
Andrés y el otro discípulo estaban en búsqueda, por eso habían ido a escuchar a Juan Bautista, porque les daba algo nuevo, algo distinto, algo diferente; les hablaba de una nueva intervención de Dios. Sí, probablemente Dios sí existe, y está tan enamorado de nosotros que va a intervenir.
Para Andrés y su compañero, la cosa era fácil, no había libertad para su pueblo y querían librarse de los opresores. Pero Juan Bautista hablaba de otra cosa, de una liberación más profunda, de una vida liberada hasta tal punto que pudiese ser fuente de liberación para los demás, para todos los pueblos de la tierra, hablaba de la liberación de los pecados.
¿Será eso? ¿Será la liberación lo que buscamos? ¿Será que en nuestra sociedad, en nuestros comercios, en nuestras vidas intuimos que hay una libertad más profunda que la que vivimos?
Porque no vivimos como aquellos judíos. Vivimos en una sociedad bastante libre. Hay dificultades, hay opresiones, hay corrupción, pero también hay oportunidades, hay cierta justicia, hay esfuerzos por un mundo mejor.
Vivimos en un mundo de claroscuros, tenemos ante nuestros ojos imágenes de muerte y destrucción, pero al mismo tiempo, de heroísmo y entrega altruista. Vivimos en un mundo de contraste, y está bien que no todo sea malo, pero queremos algo más, buscamos una vida plena del todo, una vida auténtica que no nos limite nuestra felicidad.
Y Jesús es el cordero de Dios, el que trae la liberación al mundo, pero no de cualquier manera. Muchas imágenes podría haber utilizado Juan Bautista, en su época se escribían muchos libros sobre el tema, a cuál más pintoresco. Podría ser el gran liberador, el que destroza las cadenas, el victorioso guerrero que degollará a Satanás… Pero Juan tiene claro cuál quiere utilizar, la del Cordero de Dios, la del que se entrega, la del que se sacrifica para enseñarnos el camino del sacrificio, de la abnegación, del esfuerzo por los demás.
Y esto nos descoloca bastante: ¿Cómo voy a ser feliz, a conseguir mi autenticidad, a enriquecerme interiormente, a alcanzar el bienestar total? ¿Qué grandes maravillas tengo que comprender, que prodigiosas pruebas debo superar para convertirme en un ser humano completo, de verdad, un portento de felicidad…?
El Evangelio nos da una respuesta muy sencilla a esta pregunta tan pretenciosa: «Venid a vivir conmigo», nos dice Jesús. «Y se quedaron con él aquel día», nos dice el Evangelio. Y hasta nos dice la hora, como la de quien recuerda un encuentro que cambió su vida.
Descubrir a Jesús que nos invita a su casa no es encontrar grandes secretos ocultos desde hace milenios, es recordar que en nuestra vida diaria está Jesús presente, que nos habla de forma tan sencilla como los pequeños detalles que nos suceden cada día. Jesús nos guía, nos invita a vivir como él, dando su vida en cada momento, en cada gesto, en cada pensamiento.
Hay mucho que comprender todavía, pero no porque se trate de misterios muy complicados, sino porque resulta que dentro de nuestra propia vida cotidiana se encuentra esa salvación, esa liberación que estábamos buscando. Es ahí dentro, en el propio corazón, en la propia mente, incluso en las propias vísceras (no sé si me explico), donde Dios actúa y nos habla, nos recuerda su mensaje de amor paciente y cariñoso, nos insiste en que sigamos mirando al futuro con confianza, porque las dificultades del mundo no se le escapan, porque nada es irresoluble (para él ni siquiera la muerte). Él quiere que lo descubramos donde está realmente, en el corazón del mundo, en el corazón de la historia, en lo más interior de nosotros mismos.
Por eso venimos a la Eucaristía, porque la Eucaristía comienza simplemente con una reunión de hermanos convocados por Jesús. Aquí compartimos unas pocas palabras, nos reconocemos limitados, escuchamos la Palabra de Dios, le pedimos que nos siga ayudando, recordamos que Jesús se entregó por nosotros y nos repartimos un poco de pan y de vino en los que él mismo nos ha prometido que lo encontramos presente.

(Domingo 2.º del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

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