26 Sep 2020

El Hijo amado (Mateo 3,13-17)

[Evangelio del domingo del Bautismo del Señor – Ciclo A]

Mateo 3,13-17:

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
—Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?
Jesús le contestó:
—Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere.
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:
—Este es mi hijo, el amado, mi predilecto.

A los cristianos nos costó (¡y nos cuesta!) ir entendiendo quién es Jesús. Algunos de sus gestos nos sorprenden, como sorprendieron al mismo Juan Bautista. Si Juan es solo el precursor, el anunciador, ¿por qué Jesús se hace bautizar por él?
Mateo nos da una respuesta con su estilo judío: Dios lo había dispuesto así. Jesús no es una aparición fugaz, no nos hace una visita de cortesía para volverse a disfrutar a su cielo. Jesús se ha hecho hombre del todo para compartir nuestra esencia humana. Y si le toca hacer cola para bautizarse, como cualquier otro, lo hará. Esto es lo que significa la frase tan enigmática de Mateo: «Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere».
Los cristianos creemos en un Dios que conoce de cerca nuestras miserias y debilidades, nuestros problemas y pobrezas, así como también compartió las alegrías de su pueblo, las fiestas, el ansia de libertad, la amistad, la plegaria, la sonrisa de los niños, el llanto y la desesperación. Por eso nuestra oración tiene sentido y se puede hacer tan cercana, tan íntima, tan intensa. Por eso podemos confiar en él, en su misericordia, en su comprensión. No rezamos a un dios abstracto, a una idea, a una filosofía, ni siquiera a unos valores. Rezamos a un Dios que, de verdad, se ha hecho hombre.

Por otra parte, la reflexión del evangelista continúa y nos presenta el otro aspecto: Jesús es realmente el Hijo de Dios. Lo hace con el simbolismo propio de la época: «El cielo abierto» es una expresión que físicamente no tiene sentido, pero que significa que Dios está cerca de los hombres, que entre Dios y los seres humanos no hay un abismo insalvable, que Dios quiere estar a nuestro lado. El Espíritu Santo «como una paloma» expresa cómo la vida de Dios abarca el mundo entero, que su gracia baja a nuestra vida concreta y que puede colarse, como las aves, dentro de nuestras casas, de nuestras vidas. La «voz del cielo» significa que Dios nos quiere hablar, que tiene algo que decirnos, que no se contenta con venir sino que tiene muchas cosas que compartir con nosotros.
Y, por último, la frase que Dios dice concentra en ella la parte esencial del mensaje: Hijo-amor-predilección. Jesús es la expresión del amor de Dios que ha venido, con toda su fuerza, para amarnos. Más adelante ya habrá ocasión para denunciar nuestra hipocresía, para las palabras urgentes, para demostrarnos su amor también con su crítica. Ahora, al principio del evangelio, Mateo quiere dejar clara cuál es la clave, cuál el motivo de la venida de Jesús, y no es otro que el amor que Dios nos tiene.
El pasaje nos pide, además, que no nos quedemos como espectadores. Estamos llamados a ser como Jesús, los hijos amados de Dios. Las palabras llenas de ternura que el Padre le dirige a Jesús, van también destinadas a cada uno de nosotros: Tú eres mi Hijo, mi Hija; a ti te amo con todo mi corazón; tú eres mi predilecto, mi predilecta.

(Domingo del Bautismo del Señor – Ciclo A)

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