21 Oct 2020

Yo estoy con vosotros (Mateo 28, 16-20)

[Evangelio del domingo, 7.º de Pascua – Ciclo A – La Ascensión]

Mateo 28, 16-20:

En aquel tiempo los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús había señalado, y, al verlo, lo adoraron. Algunos, sin embargo, habían dudado.
Jesús se acercó y les dijo:
—Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

«Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía.»
El evangelio de Mateo termina con el fragmento que leemos hoy. Acaba así su gran proyecto en el que presenta a Jesús como un maestro que anuncia e inaugura el Reino de Dios. Mateo ha querido mostrarnos que Jesús viene como enviado de Dios, que fue anunciado desde antiguo en el judaísmo, aunque la mayoría de los judíos no han sabido reconocerlo, y que es ahora ofrecido a todos los pueblos, con la esperanza de que algunos lo acojan.
Pero Mateo no lanza su mensaje solo a nuestras cabezas, quiere también tocarnos el corazón, por eso su final es tan solemne. No quiere que sus lectores, nosotros, dejemos su libro con melancolía, sino con la inmensa esperanza de que Jesús nos sigue acompañando, y seguirá con nosotros siempre. Él no ha escrito acerca de un personaje de ficción, ni siquiera sobre una figura del pasado. Mateo está convencido de que Jesús continúa con nosotros, resucitado, vivo, actuando, y que nos ha dejado una herencia fascinante y exigente a la vez, la misión más importante de la historia: anunciar a todos los pueblos el Reino.

El pasaje comienza con una nota profundamente humana: la duda. Los once apóstoles acuden a la cita de Jesús, al monte de Galilea. En Galilea había comenzado Jesús su anuncio, allí había pasado gran parte de su servicio a las gentes, allí había llamado a la mayoría de sus seguidores. Volver a Galilea era volver a los orígenes, al inicio de la construcción del Reino; volver a Jesús para, junto a él, seguir construyendo. El monte, como siempre en la Biblia, es el símbolo del encuentro con Dios, es el lugar alto donde Moisés había recibido la Ley y la misión, donde Jesús se había manifestado a Pedro, Santiago y Juan como hijo de Dios; en el monte, en muchas culturas, Dios parece estar más cerca. Allí acuden los apóstoles con dudas, después de haber recibido el anuncio de la resurrección. No hay triunfalismos; los apóstoles no son perfectos, nunca lo han sido, solo son personas que se animan a seguir a Jesús a pesar de sus dudas, las mismas dudas que nosotros hoy seguimos teniendo.

Jesús se acerca a ellos, se encuentra con ellos y con nosotros para dirigirles y dirigirnos sus últimas palabras. Con solemnidad, Jesús atraviesa el tiempo hablando del pasado, del presente y del futuro. Del pasado porque recuerda qué ha sucedido en él: Dios le ha dado todo poder sobre el cielo, sobre la tierra, sobre el universo. ¿Por qué? Porque ha sido capaz de entregarse totalmente, de dar su vida hasta la última gota. El poder que nosotros entendemos no es el verdadero; para nosotros poder es dominación y opresión, para Dios el único poder es el amor gratuito, la donación de uno mismo a los demás por puro amor. Ese poder total ha conseguido Jesús, y nos invita así a seguir sus pasos.

Habla del presente cuando les da la misión. Es muy sencilla y complicada a la vez. «Haced discípulos de todos los pueblos. Proponed mi camino y mi mensaje en el mundo entero, en la historia entera, para que, quien quiera, se apunte.» ¿Cómo se hace esto? Jesús mismo indica los tres pasos; el primero es fácil de entender y difícil de cumplir: «Id. Salid de vuestra tierra, de vuestra comodidad, de vuestros esquemas, de vuestras ideas, de vuestros templos. Sed capaces de ir a sitios distintos, de encontraros con gentes distintas, de hablar lenguas nuevas. Dejad lo que creéis que sabéis y dejaos empapar por todas las culturas, descubrid en ellas sus riquezas y sus sombras, ayudadlas desde dentro a crecer, a purificarse, a ser cada vez más humanas, cada vez más evangélicas.» Sin este primer paso, todo lo demás no tendrá sentido. Los apóstoles no se quedaron en sus casas, no montaron un despacho «Pedro y cía. Consultores» para recibir a la gente y anunciarles allí el evangelio. Lo primero que necesitaron —y necesitamos—, fue atarse las sandalias y patear todos los caminos del mundo.

Segundo paso, bautizar. Se nos olvida con frecuencia que los seres humanos somos animales de símbolos, de ritos que tienen un significado más profundo del que aparece a primera vista. Un simple «buenos días», un apretón de manos, un abrazo o un beso no son tan solo rutinas culturales sin importancia. Forma parte de nuestro ser sociales, de nuestro formar comunidad. No es que las sociedades sean perfectas, claro que no, pero las personas las necesitamos. Vivimos en un tiempo que subraya mucho al individuo, y es bueno que no nos dejemos arrastrar por la masa, pero no podemos olvidar que somos seres de sociedad, de grupo, de comunidad, de familia. Sin los gestos que compartimos con los demás, deberíamos inventar toda la vida de nuevo a cada momento.
Para los primeros cristianos había, además, unos gestos que tenían un valor todavía más profundo, porque en ellos expresaban y encontraban la presencia de Dios mismo entre nosotros. Son los sacramentos, gestos llenos de sentido que la comunidad cristiana ha seguido repitiendo durante casi dos mil años. Son signos que nos ponen en contacto con los centenares de millones de cristianos que, con sus luces y sus sombras como nosotros, han caminado y caminan buscando las huellas de Jesús y siguiéndolas en la medida en que han podido.
El evangelio de Mateo nos avisa de que, para construir el Reino, no basta con que nos caiga bien Jesús, sino que hemos de dejar que nos inunde su gracia, que nos bañe totalmente, que nos regenere con un nuevo nacimiento.

Tercer paso, enseñar a vivir como Jesús. Lo más difícil, quizá, porque no solo se enseña con palabras, sino con el ejemplo, con la vida, con la coherencia. Los cristianos no somos mejores que otros, pero intentamos ser fieles a la forma de vida que Jesús nos legó. Quizá así podamos provocar en los demás preguntas e interrogantes profundos. Quizá así alguien se venga con nosotros detrás de Jesús.

Lo último que dice Jesús va dirigido al futuro, hasta el fin del mundo. Es una promesa que los cristianos tenemos siempre presente, que nunca se nos podrá olvidar. Jesús está con nosotros, está aquí, contigo, mientras lees estas palabras. Está cuando ríes y cuando lloras, está cuando le sigues y cuando te despistas. Está cuando dudas y cuando te esfuerzas. Él está, para siempre, con nosotros.

Mateo sabe que, cuando los lectores terminamos su libro, nos vamos a quedar con ganas de más. Jesús no nos ha abandonado, de acuerdo, pero ¿cómo sigue la historia de su presencia con nosotros? Eso él no lo puede escribir. Somos cada uno y cada una los que hemos de coger el relevo del evangelista. Situarnos delante de la hoja en blanco que es nuestro futuro, tomar la pluma de nuestras decisiones, mojarla en la tinta de nuestras posibilidades y seguir escribiendo, con trazo firme y confiado, la construcción del Reino de Dios.
La misión está servida. Ahora solo queda que nos apuntemos.

(Cita: José Vasconcelos)
(Domingo 7.º de Pascua – Ciclo A – La Ascensión)

10 comentario en “Yo estoy con vosotros (Mateo 28, 16-20)

  1. javi pedazo de comentario, que fuerza tienen tus palabras, me encanta, y creo que lo que dices es perfectamente aplicable a cualquier cristiano, cualquiera puede realizar esos pasos (menos aplicar el sacramento, esa es vuestra labor) haciendo ver a los demas lo inmensamente maravilloso que es nuestro señor y todo el amor que derrama en nosotros, todos podemos seguir esos pasos, enseñar a los demas quien es cristo y glorificarle como se merece con toda nuestra vida.
    Me da lastima que muchos no le conozcan o le hayan rechazado perdiendo la oportunidad de conocerle y vivir el verdadero amor que es cristo, es dios y es espiritu santo. No me dan las palabras para expresarlo.
    Que verdad es que cristo no nos deja, no nos abandona, aun cuando la tristeza y las dificultades parecen invadirnos, cuando nuestra cruz nos parece que nos pesa tanto que nos parece que va a poder con nosotros, pero al final nunca es asi, nos duele, nos pesa, pero no nos puede, porque cristo esta llevandola con nosotros, el nos sostiene e incluso a veces nos la quita de encima y la carga el mismo cuando ve que nos sentimos desfallecer… todo eso y mas hace cristo por nosotros. No nos lo merecemos pero aun asi nos ama profundamente. Hace poco lei en un perfil una frase muy bonita, decia algo asi «no me da toda una vida para alabarte, gracias por la eternidad».
    Por cierto que verdad es que mateo te deja con ganas de mas.
    javi, el evangelio anterior me ha dado mucho que pensar estos dias, eso de que el espiritu santo se queda entre nosotros.
    Me llaman para comer si me ha faltado algo que poner publico otro comentario.

    1. javi una pequeña peticion si no es aprobecharme y pega aqui… ¿ puedes poner en el apartado palabritas la palabra «ofrenda»? es que me doy cuenta que es una palabra que bastante olvidada y poco valorada ultimamente. O al menos me estoy encontrando bastantes casos ultimamente.

  2. Gracias, Abdrómeda y Paco.
    A ver si encuentro un rato y te comento la palabra «ofrenda». Que la sección de «palabritas» la tengo muy olvidada.

  3. gracias javi, pero tranquilo que se que estas muy liado con el doctorado y todo lo demas, no corre prisa. Sigo bien y los mios tambien. Sigo rezando.

  4. La invitación es muy clara y precisa para anunciar el Reino, como lo dice Mateo, solo en la comunidad fraterna se puede llevar a la enseñanza de la presencia de Dios en el universo. En lo individual está bien llevar una catequesis pero resulta mejor cuando hay varias personas participando. Gracias por este texto, me gustó mucho.

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