19 Feb 2020

¿Sabemos escuchar a Jesús? (Marcos 7,31-37)

[Evangelio del domingo, 23º del tiempo ordinario – Ciclo B]

Marcos 7,31-37:

En aquel tiempo salió Jesús del territorio de Tiro, fue por Sidón y atravesó la Decápolis hacia el lago de Galilea. Le llevaron un sordo tartamudo y le rogaron que le impusiera sus manos. Jesús lo llevó aparte de la gente, le metió los dedos en los oídos, con su saliva le tocó la lengua, alzó los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «¡Epheta!», que quiere decir «¡Ábrete!». Inmediatamente se le abrieron los oídos y se le soltó la atadura de la lengua, de modo que hablaba correctamente. Les encargó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo ordenaba, más lo proclamaban. Y en el colmo de la admiración decían: «Todo lo ha hecho bien, hasta a los sordos hace oír y a los mudos hablar».

La curación del sordo tartamudo que nos cuenta Marcos no es un simple relato de un milagro más, está situado en el evangelio en una posición estratégica para transmitirnos un mensaje muy especial: ¿Sabemos escuchar a Jesús?

La primera mitad del evangelio de Marcos (capítulos 1 al 8), nos presenta a Jesús como el enviado de Dios que cura enfermedades, expulsa el mal del mundo y es capaz incluso de dar vida donde ya ha llegado la muerte. Todo está dispuesto de forma muy inteligente, de manera que el poder divino de Jesús queda cada vez más subrayado hasta llegar a la curación de la hija de la sirofenicia, el pasaje inmediatamente anterior al que leemos hoy, en el que Jesús, con unas sencillas palabras, expulsa un demonio a distancia, porque la madre de la niña se lo pedía.

En contraste con las manifestaciones de poder cada vez más sorprendentes, ahora Jesús parece que tiene dificultades para abrir los oídos y desatar la lengua de un sordo tartamudo. Necesita nada menos que siete signos para conseguir un milagro muy inferior a otros que ha hecho antes, como restituir la vida a la hija de Jairo. Tiene que apartar al enfermo de la gente, ponerle los dedos en las orejas, escupir, tocarle la lengua con saliva, levantar los ojos al cielo, suspirar, y decir una palabra casi-mágica en arameo, «Efatá», que Marcos traduce rápidamente para que no se confunda lo que hace Jesús con las curaciones de los magos y hechiceros de la época.

Poco después, Marcos nos contará una curación parecida, la del ciego de Betsaida (8,22-26), en la que el enfermo recupera la visión poco a poco, con gran esfuerzo. En medio de los dos pasajes encontramos un diálogo de Jesús con los discípulos que nos dará la clave para entender el conjunto. Jesús habla con imágenes y parábolas, como siempre, y sus seguidores no lo entienden, lo que le hace exclamar: «¿Tenéis ojos y no veis, oídos y no oís?» (8,18).

Aquí lo tenemos. El ver y el oír de los enfermos curados con dificultad eran signos de un ver y un oír más profundos, más importantes. La sordera y la ceguera de los enfermos son, en realidad, la incapacidad de los discípulos (de nosotros), para aceptar y entender a Jesús y su mensaje. Él es mucho más grande que todo aquello que soñamos. Él puede darnos una plenitud de vida que desborda todo aquello que podemos imaginar, pero nosotros, como los discípulos, seguimos empeñados en pedirle posiciones de poder, en discutir «quién es el más importante», en buscar seguridades en las normas y las leyes que nunca nos darán la libertad. Jesús puede arrancar el mal del mundo con un soplido, expulsa a los demonios sin despeinarse, pero le resulta muy difícil hacerse entender por nuestros corazones endurecidos e interesados.
El pasaje de hoy, por tanto, está denunciando nuestra sordera y, a la vez, nos está diciendo que Jesús sí puede liberarnos de nuestra incomprensión, sí puede, y está deseando hacerlo, abrirnos los oídos y destrabarnos la lengua. Así comprenderemos a fondo su mensaje, el amor totalmente entregado sin reservarse nada, y hablaremos correctamente al mundo, con palabras y con nuestra vida, de este amor que nos inunda.

 

(També en valencià en laparaula.com)

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