18 Oct 2021

No os dejéis engañar (Lucas 21,5-19)



[Evangelio del domingo, 33.º del tiempo ordinario – Ciclo C]

Lucas 21,5-19:

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:
—Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Ellos le preguntaron:
—Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?
Él contestó:
—No os dejéis engañar. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: «Yo soy» o bien «el momento está cerca»; no vayáis tras ellos.
»Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.
Luego les dijo:
—Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.
»Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio.
»Haced el propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a la que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
»Y hasta vuestros padres y parientes y hermanos y amigos os traicionarán y matarán a algunos de vosotros y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Las enseñanzas de Jesús en el evangelio de Lucas, antes de la pasión, terminan con un discurso de tono apremiante y severo; se le llama discurso escatológico porque se refiere al final de los tiempos (del griego «éschatos», «último»). Todo comienza con el despiste de algunos discípulos, que valoraban la belleza exterior del templo de Jerusalén, construido durante décadas por mandato de Herodes el Grande. Era uno de los complejos de edificios más grandes e impresionantes de la antigüedad, y fascinaba a los peregrinos que acudían cada año a Jerusalén, y que abundaban sobre todo en la fiesta de la Pascua.
Jesús, como tantas otras veces, insiste en que no se dejen llevar por las apariencias. La grandeza del templo no está en sus bellas piedras ni en los ricos adornos. La belleza aparente será destruida. Menos de cuarenta años después, en la guerra contra los romanos, Jerusalén quedó destruida y el templo arrasado.

La destrucción del templo era una catástrofe para la fe y la cultura judía. Significaba ante todo que Dios les había abandonado, que les echaba en cara su pecado y les pedía la conversión con el castigo más grande que un judío pudiese imaginar. Al menos, ésta es la interpretación que dieron los profetas cuando, siglos antes, el anterior templo había sido destruido por los babilonios. Un escritor judío de la época, Flavio Josefo, que vivió en primera persona el asedio de Jerusalén y su destrucción, narra cómo una voz se oyó en el templo, poco antes del asalto romano, en la que Dios mismo anunciaba que abandonaba aquel lugar.

Los discípulos, pues, le preguntan sorprendidos: ¿Cuándo será? ¿Cómo lo sabremos?
Y de nuevo Jesús les responde que andan desencaminados. Los discípulos quieren prepararse para ese momento, y si tienen signos claros de su llegada, podrán respirar tranquilos mientras no empiecen esos signos. Para Jesús esa actitud es equivocada. Igual que no se trata de conducir más despacio cuando el detector de radares nos avisa, sino que es necesaria la prudencia y la atención en todo momento, Jesús indica a sus discípulos que no vayan buscando signos y señales del final de los tiempos, porque se exponen a que les tomen el pelo a la menor ocasión. «No os dejéis engañar», a la larga lo único que cuenta es la perseverancia.

Cuando la comunidad de Lucas recordaba estas palabras de Jesús vivía un momento muy tenso. Muchos esperaban que la venida definitiva de Jesús, su retorno en la gloria, iba a suceder en seguida. Se preocupaban por reconocer los signos y creían descubrirlos en las guerras entre países o en las persecuciones que ellos mismos sufrían. El evangelista les deja dos cosas claras: El final no vendrá en seguida, y las dificultades se superan con perseverancia y con el apoyo del mismo Jesús.
Las dificultades son reales, por eso los cristianos no podemos ser ingenuos. En el mundo hay maldad, sufrimiento y dolor. Con expresiones de su tiempo, Jesús describe el fin como la acumulación de todos los males: Las guerras, causadas por los hombres; los terremotos, manifestación de una naturaleza dañada y frágil; la enfermedad de la peste, que causaba estragos entre los más débiles; y el hambre, ante el cual nadie, ni los fuertes, podía subsistir.
Parece que Jesús está, por fin, respondiendo directamente a la pregunta que le han hecho los discípulos, pero lo hace de forma tan general que tan sólo está diciendo que la creación entera sufre de «dolores de parto», en la espera de la nueva era (Romanos 8,22).
Y de repente, Jesús vuelve atrás; dice «pero antes de todo eso…», y se centra en el sufrimiento de la comunidad cristiana. Esa no era la pregunta, pero sí es el tema que a Lucas le interesaba recalcar. En la comunidad ya habían tenido la experiencia de la persecución, de la denuncia de los propios familiares cercanos; habían tenido testimonios de fidelidad al evangelio en el sufrimiento, y también seguramente deserciones ante la dificultad.
El mensaje es claro: «Todo esto no os sucede porque Dios se haya olvidado de vosotros, sino porque así seréis testigos del Evangelio ante todo el mundo». Aún más, el propio Jesús les dará las palabras que habrán de decir; estará a su lado, tan sólo necesitan confiar plenamente en él.
Después de todas las calamidades que ha descrito, el fragmento de hoy acaba con una llamada a la esperanza: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá». ¿Cómo puede ser esto, si antes ha dicho que hasta matarán a algunos? Porque ni siguiera la muerte será capaz de separar a los discípulos de su Señor. Jesús mismo pasará por ella y resucitará, como el primero entre muchos hermanos.
Por eso puede decirnos: «No os dejéis llevar por la belleza efímera; no os preocupéis por el día ni la hora del final; no os dejéis engañar. Vosotros fijaos en lo esencial: en la perseverancia, en la constancia, en la fidelidad, en la confianza. Yo estaré con vosotros.»

()

7 comentario en “No os dejéis engañar (Lucas 21,5-19)

  1. Esta parte del Evangelio, la primera vez que la leí, me hizo recordar (no sé si acertadamente) el Mito de la Caverna de Platón, cuando se explica que las cosas materiales son sólo sombras de una realidad más elevada y que es de necios quedarse contemplando las sombras como si fueran lo único, cuando sólo son la señal de que existe algo más perfecto.
    También me hace recordar un texto que quizás conozcas, ya que lees a Tolkien (y que si nos has leído te recomiendo fervientemente): La «Athrabet Finrod ar Andreth» («Conversación entre Finrod y Andreth», un elfo y una sabia mujer mortal, ya anciana, que aparece en el libro «El anillo de Morgoth»). En este texto, Finrod y Andreth hablan de cuestiones sobre la vida, la muerte y el destino tanto de Eä como de los Hombres y los Elfos. El fragmento que me recuerda el texto de este domingo dice así:

    (Habla Finrod): «¿Sabes que los Eldar dicen de los Hombres que no miran a las cosas por sí mismas; que si estudian algo, es para descubrir algo más; que si la aman es sólo (parece) porque les recuerda a algo más precioso? Entonces, ¿con qué comparan? ¿Dónde están esas otras cosas? Nosotros, tanto Elfos como Hombres, estamos en Arda y somos de Arda, y el conocimiento que los Hombres tienen procede de Arda (o así parece). ¿De dónde entonces viene esa memoria que tenéis antes incluso de que empecéis a aprender? No es de otras regiones en Arda por las que halláis viajado. Porque si tú y yo fuéramos juntos a vuestro antiguo hogar, lejos al Este, reconocería las cosas de allí como parte de mi hogar, mientras que vería en tus ojos el mismo asombro y comparación que veo en los Hombres de Beleriand que han nacido aquí.

    —Decís extrañas palabras, Finrod -dijo Andreth, -que nunca antes he oído. Y sin embargo, mi corazón se agita como si reconociera alguna verdad aun sin entnderla. Pero tenue es esa memoria y se aleja antes de que podamos asirla y entonces quedamos ciegos.»

    Todo viene a significar lo mismo: que aunque el mundo material sea bello, útil y hermoso, no es lo único ni lo más aimportante, porque es perecedero, «pasará», como dice Jesús, algçun día, mientras que el Reino de Dios (comparable con el Reino de las Ideas platónico) no pasará, y es al que debemos aferrarnos. Eso sí, sin desdeñar el material, porque al fin y al cabo nuestros cuerpos son materia, y, ¿acaso no es mediante esos reflejos mediante los cuales podemos intruír y comprender la imagen verdadera de las cosas?

    Un saludo y perdona si el rollo tolkienista me ha salido muy largo ^^U

  2. Gracias, Estelwen. No conocía ese diálogo, pero me parece muy interesante.
    Del mito de la caverna coincido contigo en que podemos ver el mundo de forma superficial, o buscar en él algo más profundo. Toda la Biblia va en esa línea, desde el Génesis al Apocalipsis. Y la subraya mucho, por ejemplo, el Evangelio de Juan.
    Lo que no aceptamos de Platón (o mejor, del neoplatonismo), es la visión de lo material como «cárcel» de lo espiritual. El mundo judío y el auténtico cristianismo nunca ha aceptado eso y ha valorado lo material como creación de Dios, que vio que «todo era muy bueno».

  3. Cada día me dejais mas soprendida de lo que sabeis, y me encanta. Además, ya me sorprendo por pocas cosas…
    Yo no puedo añadir mucho, eso si, este texto siempre lo he visto como algo apocaliptico, como una situacion que se tendra que pasar, y una manera de decirnos cristo un «no tengais miedo, yo estare con vosotros, e incluso os protejeré. Por muy duras que se pongan las cosas vosotros sois los hijos de Dios y yo lo se, no os abandonare ni un instante, no temais». Pero siempre lo he visto como algo terrenal, no se si me explico, y al estilo del apocalipsis como si fuese algo que no se podia evitar(creo que hay cosas del apocalipsis que si son evitable) pero que era necesario que sucedieran.
    Javi me has dado un punto de vista muy diferente al que yo tenia, quizas mas realista, pero diferente, algo a meditar, y eso me gusta. Tambien me gusta en especial algo que has puesto:»Igual que no se trata de conducir más despacio cuando el detector de radares nos avisa, sino que es necesaria la prudencia y la atención en todo momento, Jesús indica a sus discípulos que no vayan buscando signos y señales del final de los tiempos, porque se exponen a que les tomen el pelo a la menor ocasión. «No os dejéis engañar», a la larga lo único que cuenta es la perseverancia.» Sera porque ahora conduzco, y veo los fallos conduciendo, que me ha llamado especialmente la atencion esta manera de explicarlo, y es que al igual que conducir, debemos de seguir siempre a dios y no solo cuando el final este cerca, debemos de ser buenos siempre y «conducir» bien en todo momento, no solamente cuando esta la policia encima, eso no tiene merito. Esa explicacion la he tenido en mi cabeza estos dias, y me ha gustado especialmente, se puede aplicar muy bien a la vida diaria, no solo a conducir, y me ha recordado el texto de la mujer que espera siempre con el candil lleno de aceite y encendido la llegada de su señor, y como las demas se duermen, cuando el señor aparece, las sorprende sin hacer sus labores. Un texto en el cual ultimamente tambien pienso bastante.

  4. ¡Anda! Pues a mí no se me había ocurrido asociar este texto con el de la mujer del candil, pero tienes razón. Gracias por la observación, Andrómeda 😀

    Respecto a tu comentario, Javi, esa es una de las razones por las cuales me gusta Platón pero no me convence el neoplatonismo (ni me convencen el puritanismo ni el ascetismo): yo tampoco creo que haya que renunciar a lo material para alcanzar a Dios. Lo que hay que hacer es no dejar que te domine, claro, ni ponerlo por encima de lo espiritual. Pero de ahí a rechazarlo hay un mundo. Se trata de ser moderado, no de ser absetmio. Por eso me gustan más las premisas de Platón (que con el mito del auriga nos enseñaba cómo la mano firme de la voluntad debe refrenar y conducir al caballo de las pasiones) que las del neoplatonismo (que prácticamente nos viene a decir que el auriga debe matar al caballo e ir a pie).

    1. estelwen, dale las gracias a javi, cuando me ha dado ese otro punto de vista ha sido cuando se me ocurrio relacionarlo con la mujer del candil. Por cierto, tambien aprendo mucho de ti.

Responder a Estelwen Ancálimë Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.