9 Ago 2020

Hemos visto al Señor (Juan 20,19-31)

[Evangelio del Domingo, 2º de Pascua – Ciclos ABC]

Juan 20,19-31:
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
—Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
—Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado «el Mellizo», no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
—Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
—Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
—Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
—Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
—¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
—¿Por que me has visto has creído? Felices los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Los relatos evangélicos de la resurrección nos hablan de un misterio difícil de simplificar. No podemos quedarnos en un puro simbolismo, como el de aquellos que dicen que ‘Jesús ha resucitado en nuestros corazones’ o ‘en nuestro recuerdo’, porque los textos evangélicos insisten en la realidad de la vida de Jesús; no era un fantasma, ni una aparición en sueños, ni nada parecido. Pero, por otra parte, tampoco podemos pensar que Jesús se apareció como si hiciese un truco de magia, haciendo ‘plof’ y apareciendo de repente en medio de ellos, en una habitación cerrada. Los mismos evangelios nos dicen que les resultaba difícil reconocerlo (recordemos a los discípulos de Emaús, o a la Magdalena, que confunde a Jesús con el jardinero). Son necesarios los ojos de la fe para poder ver a Jesús.
Así las cosas, no es extraño que algunos en la comunidad más primitiva no quisieran creer el anuncio de la resurrección. No les cabía en la cabeza que Jesús estuviese vivo, pero con una Vida Nueva, resucitada, con un cuerpo glorioso, diferente al que ellos habían conocido, pero, al mismo tiempo, real, presente, intensamente cercano a ellos.
Tomás es el apóstol que, en el texto de hoy, nos ayuda a comprender las dificultades que conlleva creer en el resucitado. Él no estaba en la reunión de los demás. El evangelio no explica por qué, quizá porque el motivo no importa, puede haber mil y un motivos para no estar en la reunión, para ausentarnos de la comunidad. Nosotros también tenemos muchos motivos para abandonar la reunión semanal de la comunidad de creyentes. El motivo concreto no importa, el hecho es que no estaba, y por eso ha sido incapaz de ver al Señor resucitado y, peor todavía, es incapaz de aceptar el mensaje de la resurrección que sus compañeros le comunican: ‘Hemos visto al Señor’. ¡Imposible!, piensa Tomás; ¡imposible!, podemos pensar nosotros. ¡Nos gustaría tanto que Dios nos demostrara que está presente en nuestras vidas!
Pero algo ha cambiado a la semana siguiente, Tomás sí está, esta vez, con la comunidad, sí está donde le corresponde estar, con los compañeros creyentes. Esta vez tampoco se habla del motivo, sigue sin importar. El hecho es que Tomás se ha decidido a volver a la reunión comunitaria. Y es en ese momento cuando Tomás es capaz de compartir la presencia de Jesús. ‘No seas incrédulo, sino creyente’. Tomás, al final, hace una confesión de fe preciosa: ‘Señor mío y Dios mío’. Tomás, al final, acaba siendo modelo del creyente, modelo para todos nosotros, que necesitamos, como él, hacer un camino de fe a través de las dificultades, con la ayuda de los creyentes de la comunidad, que nos anuncian que ‘han visto al Señor’; también tenemos que hacer el esfuerzo de abandonar las excusas, sean cuales sean, y volver a celebrar el domingo con toda la Iglesia de Dios.
Así, podremos unirnos a todos los cristianos que, por todo el mundo, anuncian con alegría y confianza que tiene sentido darse por los demás, como Jesús ha hecho en la cruz, porque ‘Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos, y nosotros somos sus testigos’.

(Domingo 2º de Pascua – Ciclos ABC)

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