7 Jul 2020

El Rey que da la vida (Lucas 23,35-43)

[Evangelio del domingo, 34.º del Tiempo Ordinario “Jesucristo Rey del Universo” – Ciclo C]

Lucas 23,35-43:
Estando Jesús en la cruz, las autoridades le hacían burla diciendo:
—A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías, el Elegido.
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
—Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
Había encima de él un letrero: «Éste es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
—¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
Pero el otro le increpaba:
—¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.
Y decía:
—Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.
Jesús le respondió:
—Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

El año litúrgico termina con un domingo dedicado a Jesucristo, Rey del Universo.
¿Jesús Rey? ¿No estamos mezclando política y religión? Hay que reconocer que esta fiesta surgió en tiempos complicados de discusión política, pero para nosotros hoy ya no es éste el problema. Más bien, nos alegramos de que la Iglesia no esté ligada con ningún régimen político, así puede ser libre para difundir el Evangelio y denunciar proféticamente cualquier injusticia y opresión, sea del poderoso que sea.
Pero la fiesta sigue siendo muy sugerente, sobre todo por los textos bíblicos que la liturgia ha escogido para regalarnos hoy.

Para Lucas, Jesús es misericordioso hasta el extremo, hasta en el momento de su crucifixión. En nuestros oídos resuena la frase sorprendente: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen», que está en el versículo anterior al fragmento que hoy comentamos.
Ante una declaración así, lo más digno sería callarse. Porque es fácil hablar de perdón y de misericordia cuando nadie nos ofende ni nos hace daño, pero oír que Jesús en la misma cruz está perdonando y, aún más, excusando a sus verdugos, no puede dejarnos indiferentes, exige guardar unos instantes de silencio y reflexionar: ¿Soy yo capaz de perdonar así? ¿Soy capaz de perdonar, aunque las ofensas que recibo sean mucho menores que esa?
Por el contrario, en este fragmento del evangelio no se calla nadie; parece que todos tienen algo que decir: las autoridades, los soldados, el malhechor… Todos haciendo leña del árbol caído, insultando a un hombre que sufre, que muere, abandonado de todos, desnudo, condenado injustamente por un tribunal falseado y un gobernador indiferente. ¡Qué fácil es burlarse ahora! Las autoridades no eran tan valientes unos días antes, cuando Lucas nos dice que querían matarlo pero tenían miedo de la gente (Lc 22,2). Ahora han conseguido lo que querían, han manipulado a la multitud para que pidiese la crucifixión de Jesús. ¡La misma multitud que antes se agolpaba alrededor de Jesús para pedirle sus milagros! ¿No es para indignarse?
Además, los sumos sacerdotes, las autoridades, demuestran una hipocresía sin límites. Fijaos cómo empiezan su burla: «A otros ha salvado». ¡Lo reconocen! Así que son conscientes de que Jesús ha salvado a otros, ha hecho el bien, ha curado enfermedades, ha expulsado el mal, ha alimentado a multitudes, ha dado esperanza a los oprimidos, ha ofrecido acogida a los desechados. ¡Lo reconocen y no les importa! ¿No es para indignarse aún más?
Las autoridades judías le proponen, en forma de burla, un trato. Que se salve a sí mismo. Así quedarán convencidos de que es el Mesías, el Elegido. Con ello demuestran también su cortedad de miras. Para ellos el Mesías sería poderoso y triunfante, capaz de salvarse a sí mismo. Pero, ¿para qué quiere Dios enviar a un Mesías que pueda salvarse a sí mismo? ¿No esperaban de Dios un Elegido que salvase al pueblo? ¿No acaban de reconocer que Jesús sí era capaz de «salvar a otros»?
En el fondo Jesús tiene razón: «No saben lo que hacen». Los sumos sacerdotes no comprenden la misión de Jesús, no comprenden nada que se salga de sus estrechos esquemas, de sus ideas preconcebidas.
Pero, ¿lo comprendemos nosotros? ¿No sigue siendo un misterio para nosotros que Jesús nos salve con su muerte? ¿No es una exigencia tremenda que él dé la vida para «enseñarnos el camino»? ¿No es revolucionario que nos pida que «le sigamos»?

Los soldados romanos, por su parte, entienden poco de judaísmo, pero quieren hacer su comentario. Para ellos Jesús es un rebelde que pretendía ser rey. Los reyes, según su experiencia, son los que oprimen a los pueblos, los que se aprovechan inflando a impuestos desorbitantes a sus súbditos, los que hacen las leyes pero están exentos de cumplirlas. Los reyes tan sólo tienen una misión, salvarse a sí mismos.
El malhechor no quiere ser menos, también tiene que meter baza, pero al menos él tiene intereses, le pide que también les salve a ellos. No se lo reprochemos; en el momento de la tortura, la agonía y la muerte, el bandido se desespera y reacciona con insultos y recriminaciones.

Sin embargo, Lucas nos está invitando también a leer entre líneas. Hasta ahora los tres insultos no han hecho más que expresar verdades. Los sacerdotes, los soldados y el bandido creen que se están burlando, pero están diciendo la verdad sin enterarse. Jesús sí ha salvado a otros, Jesús sí es el Mesías, el Elegido, Jesús sí es el rey de los judíos. Lucas quiere que reflexionemos sobre esto: mientras los adversarios creen ver a un hombre condenado, crucificado, fracasado; en realidad están viendo al Mesías, al Elegido, al rey, al Salvador. Porque Jesús no sólo «ha salvado a otros», sino que, en la cruz, «está salvando».
Sólo el último personaje es capaz de darse cuenta. ¡Y también es un bandido! Pero un bandido arrepentido. Un bandido que sufre el mismo suplicio que el otro, pero que no está desesperado, todo lo contrario, en el último momento encuentra a Jesús, se cruza Jesús en su vida de la forma más inverosímil, y en el último momento le pide ayuda, le toca el corazón, le pide la salvación.
Y, ¡oh maravilla!, delante de las narices de los burlones, Jesús salva también al bandido arrepentido. Jesús es realmente «el que salva», pero no porque «se salve a sí mismo», sino porque está dando su vida por amor a todos los hombres y mujeres, hasta por los bandidos.

Jesús es de verdad el Rey del Universo. Pero no porque tenga pretensiones de gobierno temporal, sino porque nos pide a los cristianos que pongamos toda la carne en el asador para construir en el mundo la tierra de todos. Él reina porque ha sido capaz de dar la vida por todos. Él reina al revés que los poderosos de la tierra. Él reina mostrándonos el camino del perdón, de la acogida, del amor. Nosotros estamos llamados también a reinar a su manera, poniéndonos al servicio de nuestra sociedad, aportando en ella nuestros valores y creencias, ofreciéndonos para construir la paz, la justicia, la solidaridad. Él nos lo enseñó. Él fue capaz de llevarlo a cabo.
A este Rey vale la pena seguirlo.

Un pensamiento en “El Rey que da la vida (Lucas 23,35-43)

  1. Aunque te leo siempre, a veces no dejo comentarios, sencillamente porque leo lo que escribes y pienso que no se puede añadir ni quitar en nada de lo que has dicho, porque tienes toda la razón.
    Esta es una de esas veces, pero no quiero dejar pasar la ocasión sin darte las gracias: por tus reflexiones, por tu teología tan profunda como sencilla, y por invitarme también a mí (y a todos tus lectores) a reflexionar contigo. Gracias 🙂

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.