11 Abr 2021

La Conversión de San Pablo

Hechos 9,1-9:
Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén.
Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía:
-Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?
Él respondió:
-¿Quién eres, Señor?
Y él:
-Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.
Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco. Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber
(…)

La vocación cristiana de Pablo fue una experiencia muy especial; Lucas la describe hasta tres veces en los Hechos de los Apóstoles, la segunda parte de su libro. A Lucas no le interesa la descripción que haría un periodista, prefiere hablar de lo que sucedió en el corazón de Pablo y podemos tener la certeza de que lo meditó muchísimo antes de escribirlo.
El texto comienza insistiendo en que es Pablo el que se da a sí mismo una misión. Su vida, por decisión propia, es una persecución; así lo ha querido él porque comprende que el cristianismo está minando ideas que él considera intocables, como la primacía de la Ley de Moisés sobre todo lo demás, y el valor del Templo de Jerusalén.
Pero Dios interviene en su vida cuando va de camino. La Luz y la Voz no son tanto una luz y una voz físicas (en plan encuentros en la tercera fase), sino la forma que tiene la Biblia de expresar la intervención poderosa de Dios en la vida de las personas. Lucas aprovecha esa forma de hablar, conocida por sus lectores.
La caída a tierra es muy significativa, expresa cómo a Pablo se le desmoronaron todos sus planteamientos; su vida, montada sobre la persecución, se vino abajo porque Dios intervino en ella. Vamos, que «se le cayeron los palos del sombrajo». La Biblia no habla de ningún caballo. Pero los artistas han visto con acierto que «caer del caballo» es una forma muy expresiva de decir lo mismo que Lucas, que se le desmoronó su orgullo anterior.
La Voz (Dios) le habla primero llamándolo por su nombre y en su lengua materna (Saúl, en hebreo, y no Saulo, como lo llama el narrador); y además le hace la pregunta más importante que se le puede hacer a nadie: ¿por qué?, que viene a ser: ¿Cuál es el porqué de tu vida? Es la pregunta por lo más profundo, lo más hondo.
Y tras la manifestación de Jesús («Yo soy Jesús»), viene la indicación de la misión: «Levántate, entra en la ciudad, allí se te dirá lo que tienes que hacer». Precisamente al orgulloso Pablo, que se había dado la misión a sí mismo por propia iniciativa, Jesús le da otra misión; y lo que más sorprende es que Pablo, el orgulloso, se convierte en Pablo el obediente. Se levanta (primera tarea que le ha mandado Jesús), y lo llevan a la ciudad (segunda tarea).
Resulta también simpático ver cómo Lucas subraya un gesto: lo cogieron de la mano. Es decir, que Pablo el orgulloso se deja tratar como un niño, deja que lo lleven, obediente a la voz de Dios.
La ceguera de Pablo tiene un sentido mucho más profundo que la de no ver con los ojos. Significa la confusión y la incomprensión que la intervención de Dios en su vida le ha producido. Tres días estará ayunando (es decir, en lenguaje bíblico, reconociendo su debilidad ante Dios), dispuesto a cumplir la tercera tarea que Jesús le ha indicado.
Ananías llegará, enviado también por Dios, y tras el bautismo, Pablo se convertirá en el gran evangelizador que fue.


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