12 Jun 2021

La Luz (Juan 3,14-21)

[Evangelio del domingo, 4.º Cuaresma – Ciclo B]

Juan 3,14-21:

Dijo Jesús a Nicodemo:
-Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que se elevado el Hijo del hombre, para que todo el que creen en él tenga vida eterna.
»Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
»Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
»El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
»Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
»Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
»En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

El evangelio de Juan es fascinante porque utiliza palabras sencillas para construir argumentos muy elevados que van envolviendo al lector. No razona de forma lineal (argumento A + argumento B = conclusión C), sino que intenta presentar el misterio de Dios revelado en Cristo avanzando como en círculos. Dice una frase sugerente, después dice otra en la que retoma una de las sugerencias de antes y la amplía un poco, después dice otra en que amplía otro detalle, o vuelve sobre el anterior… y así, poco a poco, va iluminando el mensaje y la vida de Jesús más como un artista que como un licenciado.
Por eso también a veces es difícil seguirle, hay que ir como él, poco a poco, volviendo sobre nuestros pasos, reflexionando despacio sobre nuestra propia vida, nuestra propia fe, nuestra propia experiencia de Jesús que nos salva.
En el evangelio de hoy vemos el final del diálogo de Jesús con Nicodemo (la conversación es más larga, y es útil leerla entera en nuestras Biblias para contextualizar el texto que presentamos). Nicodemo es un maestro de la ley intrigado por el mensaje de Jesús, pero que va a hablar con él de noche para que sus colegas del sanedrín (que se oponen a Jesús) no se enteren. Jesús le habla utilizando símbolos que para cualquier especialista en las Escrituras eran muy conocidos.

-Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que se elevado el Hijo del hombre, para que todo el que creen en él tenga vida eterna.

La «serpiente que elevó Moisés en el desierto» se refiere a un pasaje del libro de los Números (21, 4-9); en él el pueblo de Israel, salvado de Egipto pero cansado de vagar por el desierto, murmura contra Dios prefiriendo la esclavitud egipcia a la libertad que Dios les da. La serpiente es un estandarte que Moisés hace, de forma que si alguno era mordido por una serpiente, mirando al estandarte quedaba curado.
Este episodio le sirve a Juan para comparar la cruz de Jesús con la curación que daba el ver el estandarte. La auténtica salvación nos vendrá, a pesar de que parezca una paradoja, un absurdo, a través de la cruz de Jesús.
En esta primera frase también se habla de fe y de salvación, sin explicar a qué se refiere. El «Hijo del hombre» es una forma que tiene Jesús de hablar de sí mismo para evitar la palabra «mesías» (que muchos entendían como un jefe militar). «Hijo del hombre» era una expresión parecida a Mesías, pero más misteriosa. Sobre todo se refería al enviado por Dios para juzgar al mundo al final de los tiempos.

»Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Ahora resulta que ese «juicio» que tiene que hacer Jesús, está teñido por el amor de Dios, que es el origen de todo. Dios ama al mundo, empecemos por ahí; y por ello envía a su Hijo, Jesús. La misión de Jesús es evitar la muerte, dar la vida. Una vida nueva y renovada que durará para siempre y que recibe el extraño nombre de «vida eterna», vamos, la vida total vivida en plenitud que todos deseamos para nosotros y nuestra familia y amigos.
Pero cabe todavía una duda, si el Hijo ha venido sólo en favor de los que creen… ¿los que no creen sí van a ser juzgados y condenados? ¿Es esa la misión de Jesús, condenar a los increyentes?

»Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Ah bueno; ahora me queda más claro. Dios no quiere que nadie quede condenado, es decir, que nadie se quede fuera de esa vida eterna-auténtica-feliz-plena. El «mundo» es una palabra que a veces Juan usa en sentido negativo (todos los que se oponen a Jesús) pero en esta frase no, aquí es más bien neutra: todos los hombres y mujeres.
Pero ahora me viene otra pregunta, si Dios quiere salvar a todos y que no se condene nadie, ¿para qué hace falta entonces la fe de la que hablaba antes?

»El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Vaya. Esto cambia las cosas. Entones resulta que condenación sí que hay. No porque Dios condene a nadie, ni porque pretenda hacerlo, sino porque el que no quiere creer en la vida que Jesús trae, no va a encontrar el camino hacia ella. Qué pena.

»Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.

Ésta metáfora sí queda clara. El que se acerca a la luz ve el camino y no tropieza. El que vive en oscuridad se da de coscorrones por las esquinas y acabará cayendo en el agujero. ¿Y por qué alguien sería capaz de preferir la tiniebla a la luz? ¿Porque sus obras sean malas?

»Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.

Ah vale. Resulta que la luz es luz para todo. Si hay luz ves el camino que lleva a la vida, pero ves también tus manos manchadas de sangre, ves al pobre que te suplica al borde del camino, ves al profeta que te denuncia tu falta de misericordia… ves muchas cosas, tantas que a algunos le parecen demasiadas. Así prefieren seguir viviendo en la tiniebla de la ignorancia, tranquilitos y comodones con el mando de la tele en la mano para hacer zapping en cuanto aparezca una imagen que nos pueda conmover por dentro, o denunciar, o sacudir la modorra del «bienestar». ¡Estamos tan a gustito!

»En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

¡Olé a la definición de fe! Creer, acercarse a la verdad, es reconocer que la vida sí se puede vivir según Dios. No porque seamos ya perfectos, que nadie lo es, sino porque vamos a intentar seguir esa senda que Jesús nos indica hacia la vida eterna-auténtica-plena-feliz. También nosotros tenemos las manos manchadas, también tenemos el corazón endurecido, pero al menos dejamos que la luz nos ilumine, nos denuncie, nos renueve, nos purifique, y nos ponemos en camino hacia Dios.
No somos perfectos, pero estamos caminando hacia Dios, buscando la luz, aceptando que todo proviene de su amor. Precisamente su amor era el punto de partida, y será también el de llegada.

(Domingo 4.º Cuaresma – Ciclo B)

4 comentario en “La Luz (Juan 3,14-21)

  1. Vaya, qué comentario más largo has hecho. Muchas gracias por tanto tiempo que dedicas a hacerlo. Es un gozo del domingo leer tu comentario.

    Laia

  2. Me gusta tu comentario (como de constumbre), aunque creo que en este texto Juan plantea algo que mi juicio es algo incoherente. Plantea que los que no creen en Jesús están condenados porque no obran según su camino (es decir, el Bien). Pero, claro, hay muchos creyentes en otras religiones que también obran bien, aunque no crean en Jesús. ¿Se supone entonces que todos aquellos que no son cristianos pero obran bien están condenados por el simple hecho de no tener fe en Jesús?
    Yo, la verdad, nunca lo he creído así. Siempre he pensado que son tus actos buenos, y no tus cerencias, lo que te salva.

    Saludos:

    Luthien.

  3. Gracias, Laia y Luthien.

    Respecto al tema que plantea Luthien, creo que Juan no pensaba en los mismos términos que nosotros, que somos capaces de pensar enla fe por un lado y en la forma de vida por otro. Para él fe y vida son un pack, no se pueden separar (de hecho ese es el tema de la primera carta de Juan). Por ello, el que obra bien, buscando en su vida caminos de honradez, justicia y solidaridad, está en el camino de Jesús aunque no lo sepa.

  4. Me ha gustado eso que dices de que Juan “ intenta presentar el misterio de Dios revelado en Cristo avanzando como en círculos”, y me parece interesante lo de que Hijo del hombre haga referencia al, por decirlo de alguna manera, Jesús final. Creo que ayuda a profundizar en el sentido del texto.
    Por otra parte, al leer el texto, estaba pensando que es muy cierto que cuando no nos sentimos bien con nosotros mismos, o con lo que hacemos o con los demás, nos escondemos. Es como si al no ser nadie testigo de ello fuera menos mala la situación o como el enfermo que mientras no va al médico para que le diga lo que tiene se siente sano y tranquilo porque prefiere no saber, pero la realidad está ahí aunque se oculte.
    En una película sobre Satán y un abogado, no recuerdo el nombre, se ve claro cómo el juicio no es al final del mundo sino que se realiza con cada acto bueno o malo. En la película las personas perversas se convierten en demonios, aunque por fuera siguen siendo hermosas. De vez en cuando se ve el rostro real de los que actuan mal, horribles, y es muy revelador. Algo de eso hay al decir que ya se está condenado porque no hay que esperar al juicio para que la vida sea destruida, ya comienza aquí a destruirse eligiendo el mal; ni para ser salvada, ya comienza aquí al vivir el mandamiento del amor.
    Es, como tú dices, el camino de la felicidad. Y el que se siente feliz, sale, habla, camina, se presenta ante todos. El que se siente desgraciado, se encierra en sí mismo, se calla, deja de actuar, se oculta lo que puede. Saludos.

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