27 Sep 2021

¡Quita bicho de la casa de mi Padre! (Juan 2,13-25)



[Evangelio del domingo, 3.º Cuaresma – Ciclo B]

Juan 2,13-25:

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó la mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
-Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
-¿Qué signos nos muestras para obrar así?
Jesús contestó:
-Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
Los judíos replicaron:
-Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

Mientras estaba en Jerusalén por la fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos, y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

El Evangelio de hoy nos presenta a un Jesús sorprendente. Estamos más acostumbrados a la cara amable de Jesús, a su lado tierno, misericordioso, que cura a los enfermos y abraza a los niños. Y es normal, porque la mayor parte de los Evangelios nos hablan así de él. Seguramente lo que más necesitamos oír, pensarían los evangelistas, es que Dios nos ama, que ha venido a visitarnos en Jesús, que podemos confiar en él, que nuestros pesares y dificultades tienen sentido cuando él nos da su aliento.
Pero también de vez en cuando es útil que oigamos una voz más exigente. Es el mismo Jesús, el que rodeado de gente sencilla y humilde muestra el rostro más cariñoso de Dios, el que ahora se indigna hasta el tuétano al ver la manipulación de lo más sagrado. Precisamente aquellos que debían velar por que se cumpliese la voluntad de Dios expresada en las Escrituras (donde resuenan con fuerza los gritos de los profetas en favor de la justicia, por ejemplo, y en contra de los ritos vacíos e hipócritas), precisamente ellos, los sacerdotes, habían caído en la rutina del dinero fácil, de los sacrificios hechos «porque toca», de las exigencias estrictas cuando se trata de normitas sin importancia.

Alrededor del edificio del Santuario, frente al cual se hacían los sacrificios, había una amplia explanada (podéis ver una pequeña maqueta en la foto). En algunos sitios de ese gran atrio se instalaban los vendedores de ganado para los sacrificios caros, de aves para los sacrificios de los pobres y los cambistas, que se aprovechaban de que el templo no aceptase la moneda romana (la que tenía la gente en el bolsillo) y cobraban comisión en el cambio por la moneda propia del templo.
En esa zona, que en realidad es un patio al aire libre, pero que también se le llama «el templo» por formar parte de todo el complejo del santuario, a Jesús se le ocurrió expresar de forma poderosa que Dios se indigna ante la corrupción de lo sagrado. La casa de Dios, dice, ha sido convertida en un mercado. No le falta razón, y aún se puede decir mucho más: la auténtica Casa de Dios, que es el mundo entero, que es el ser humano, el lugar sagrado que Él habita, ha sido convertido hoy más que nunca en un negocio. Por aquello de la globalización económica, hoy más que nunca es cierto que las leyes del mercado se han apoderado de los seres humanos. Tanto tienes tanto vales, tanto produces tanto te enriqueces, si no nos sirves podemos desecharte, si encontramos a otro más barato te despediremos… El mundo entero, el patio que rodea el santuario de Dios que es el corazón de cada uno, se presenta ahora como un zoco ruidoso y concurrido en el que la única ley es la del dinero: «te doy según me des», sin espacio para la gratuidad, sin hueco para la donación agradecida, sin libertad para regalar y regalarse sin mayor motivo que el placer de la vida entregada.

Jesús, de todas formas, es muy selectivo en el texto de hoy. El ganado lo echa fuera (el de los sacrificios de los ricachones), los cambistas aprovechones se quedan por los suelos (puedo imaginar que pocos cambistas se murieron de ganas en ese momento de hacerse sus discípulos), pero los vendedores de aves para los pobres sólo reciben la reprimenda de Jesús.

En el fondo, lo que Juan nos quiere contar en concreto es que los discípulos parecen comprender algo (no mucho, ¿eh?, no exageremos). Se quedan con la copla y se dan cuenta de que Jesús está cumpliendo lo que las Escrituras decían, lo que la voluntad de Dios auténtica expresaba (y para eso había que interpretarla bien, que los sacerdotes también conocían el texto pero hacían lo que les daba la gana). Y al final, después de la resurrección, descubren que todo lo que decía Jesús, lo que antes no habían comprendido, se hacía realidad.

Por último, una indicación para evitar críticas fáciles. Es cierto que nuestra querida Iglesia ha caído y sigue cayendo hoy en los mismos errores que aquellos sacerdotes. Pero no le echemos la culpa tan fácilmente a los curas solos. Todos los cristianos tenemos la responsabilidad de cultivar una relación auténtica con Dios, y todos tenemos la tentación de tergiversarlo para nuestros propios intereses. Nuestra Iglesia de hoy no está tan mal sólo porque «el Papa y los obispos son unos tal o cual»; hay de todo, algunos hacen su trabajo y otros se enamoran de halagos, poder y reverencias. Si nuestra Iglesia de hoy está mal, todos tenemos que ponernos a construirla sin criticar tan fácilmente lo que ha hecho el otro, sobre todo porque mientras le criticamos solemos estar desatendiendo nuestras propias obligaciones. No digo que no se deban denunciar las injusticias, incluso las de los que mandan en la Iglesia, pero siempre con la voluntad de ofrecerse para construir en positivo. Que gente con ganas de destruir ya hay demasiada en el mundo.

Pero además, tampoco creo que nuestra Iglesia esté tan tremendamente mal. Hay muchos signos de luz, brotes de vida poderosos que podemos contemplar en ella, siempre que apaguemos la tele, cerremos el periódico, y nos mojemos a pie de obra para conocerla de verdad. Y todo porque es cierto, es Jesús el que está levantando esta Iglesia a la que contribuimos entre todos.

¡Feliz domingo!

(Domingo 3.º Cuaresma – Ciclo B)

4 comentario en “¡Quita bicho de la casa de mi Padre! (Juan 2,13-25)

  1. Javi, muchas gracias por tu comentario. No es un momento para escribir un comentario tan largo. Además, he visto mucha pasión en entre las letras.

  2. Me ha gustado mucho tu comentario de hoy, tan vehemente, y he de decir que estoy de acuerdo contigo, sobre todos en los dos temas principales:
    -Uno, lo de que todo el mundo se ha convertido en un mercado. Es cierto, y me cabrea y me indigna. Aquí lo único que importa es el dienro y lo que se pueda sacar provechoso del de al lado. Ojo, yo no tengo nada en contra del dinero: es evidente que hace falta para vivir y todos los necesitamos, yo la primera. De lo que sí estoy en contra es de que el dinero sea lo más importante en la voda de algunos, por encima de la salud, el amor o la familia. Y esto no es nuevo, porque, por ejemplo, ¿cuántos siglos lleva la gente desprecianando a los que son de clase social inferior por muy buenas persoans que sean, o casándose sin amor sólo porque el nuevo cónyuge es un buen partido? Aunque ahora las cosas están aún peor, porque la menos en otros tiempos había más generosidad y caridad, mientras que hoy en día la gente tiene más pero comparte todavía menos:, hasta el punto de considerar tontos e ingenuos a los que dan sin esperar a recibir nada material a cambio. Lamentable.
    -Respecto a lo de la Iglesia, de acuerdo. No se la puede criticar en global, porque hay de todo: gente buena y gente mala, gente que cumple con los preceptos de Cristo y gente que no lo hace.
    Sin embargo, vas a tener que reconocerme que la actitud «global», «oficial», es bastante farisaica. Y es un poco difícil que entre todos los cristianos consigamos cambiar las cosas cuando desde la cúpula se acallan de inmediato todas las voces disidentes del sistema oficial, como todo el mundo sabe. La Iglesia hoy en día no es una democracia, es una dictadura. Y en una dictadura las personas normales no pueden obrar cambios, porque no son escuchadas (y «el que se mueve, no sale en la foto»).

    Saludos:

    Luthien Black.

  3. No estoy de acuerdo en tachar de farisea a la Iglesia «global» u «oficial». Es cierto que en España hay unos pocos obispos que controlan gran parte del discurso oficial y que en mi opinión están haciendo mucho daño; y es más cierto que cuando esos mismos obispos dicen cosas interesantes (que también las dicen) los medios de comunicación (todos) hacen oídos sordos.

    Yo he tenido la ocasión de conocer a unos pocos obispos y a algunos vicarios episcopales, y me reafirmo en que no veo que la Iglesia sea globalmente hipócrita. En general son personas sinceras, con ganas de hacer lo mejor en su opinión para el pueblo cristiano. Que entre ellos pueda haber personas equivocadas no te lo discuto, pero una cosa es el error y otra la mentira. Aún así, me cuesta creer que alguien se equivoque el 100% de las veces.
    Respecto a la «democraticidad» de la Iglesia habría que decir dos cosas:

    1. La Democracia como fundamento de la autoridad no existe en la Iglesia porque la misma Iglesia existe por convocatoria de Dios, y la autoridad viene sólo de él.

    2. La Democracia como valor, es decir, la construcción entre todos los cristianos de la Iglesia, es lo que muchísimos curas están predicando cada día con poco éxito, porque a la mayoría de los cristianos (o de los que se llaman «cristianos») les resulta más cómodo seguir su vida sin implicarse. Pero también hay buenos grupos de cristianos (curas, obispos o no) implicados hasta la médula, construyendo Iglesia de una forma realmente evangélica y democrática.

    Respecto a que la Iglesia pueda ser una «dictadura» porque no escucha a ninguna voz disidente, me da la impresión de que sí hay más de un dirigente en la Iglesia con capacidad de escuchar. También es cierto que lo que se llama «voces disidentes» es un saco en el que cabe de todo, desde opiniones muy interesantes que podrían traer renovación hasta auténticas tonterías superficiales.
    Recuerdo un articulillo cuando Ratzinger fue elegido papa que decía la cifra de teólogos (uno o dos centenares) a los que, en su anterior cargo, había retirado la licencia para enseñar teología. Me pareció un dato bastante ridículo e hipócrita por parte del periodista. Para empezar, lo único que decidió Ratzinger fue que esas personas no podían enseñar teología en un centro pagado por la Iglesia, es decir, que no voy a pagar yo a quien enseña lo contrario que yo (vamos, como hace cualquier organización en el mundo, cualquier partido político, y tú misma, si tuvieses una organización que quiere difundir ciertas ideas). Y lo más importante, el periódico no decía cuántos de esos teólogos enseñaban realmente ideas equivocadas. Porque, como digo, dentro de los «disidentes» cabe todo.

    Una vez oí una metáfora que comparaba la tarea de la «Congregación para la Doctrina de la Fe» con el control del ministerio de sanidad. La comparación no es perfecta, pero tampoco es mala. ¿Se puede comercializar cualquier medicamento? Y más todavía, ¿está la Iglesia obligada a pagar a aquellos que difunden ideas contrarias a las suyas?

    Y, para terminar, esto nos lleva a la reflexión interesante y difícil. Es verdad que entre todos esos teólogos a los que se les retiró el permiso de hablar en nombre de la Iglesia (decir que «acallan de inmediato las voces disidentes» es muy periodístico pero totalmente falso, «El País», por citar sólo un periódico, publicará en seguida esas voces si le da la gana) pueda haber alguno con ideas interesantes de renovación. Pero eso nos obliga a analizar idea por idea, a estudiar, a reflexionar, a escribir, a volver a estudiar… (vaya, precisamente el tabajo que hizo Ratzinger, y no el periodista). Y a sacar nuestras propias conclusiones una por una.

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