9 Ago 2020

Ansias de poder… (Marcos 9,31-37)

[Evangelio del domingo, 25.º Tiempo Ordinario – Ciclo B]

Marcos 9,31-37:

En aquel tiempo, instruía Jesús a sus discípulos. Les decía:
—El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará.
Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa les preguntó:
—¿De qué discutíais por el camino?
Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
—Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.
Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
—El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

El domingo pasado escuchábamos el primer anuncio de la pasión y resurrección que Jesús hace en el evangelio de Marcos. Pedro entonces se envalentonó y quiso ponerse a explicarle a Jesús qué era lo que le convenía y qué no; pero la cosa le salió mal al pobre. Ahora leemos el segundo anuncio (de tres que hay) y sólo se nos dice que los discípulos, miedicas, prefirieron no preguntar, aunque no lo entendían.
La otra vez, Jesús siguió hablando de «tomar la cruz y seguirlo», ahora nos habla de quién es el más importante según sus extraños esquemas.

Que los discípulos discutiesen sobre cuál de ellos era el más importante no debería extrañarnos. Es lo que los seres humanos llevamos milenios discutiendo, algunos con palabras, otros con palabrotas, y otros con métodos más destructivos. Ante aquella preocupación de los discípulos Jesús tendría que exprimirse el cerebro, buscando la manera más fácil de que les entrase en la cocorota –a ellos y a nosotros– esa idea tan distinta, revolucionaria y absolutamente opuesta a lo que consideraríamos «normal»: que el poder es el servicio.
Jesús prefirió una parábola viviente: poner a un niño «en medio» y abrazarlo. Esa es la estampa que Dios pintaría en un diccionario ilustrado bajo la voz «poder». Los niños en aquellas culturas –es muy distinto ahora–, no pintaban nada hasta que tuviesen edad de dejar de ser niños, la infancia era como un sarampión molesto que no había más remedio que soportar. Los niños dependían totalmente de sus padres, de forma que lo peor que podía pasarle a alguien era ser huérfano, puesto que quedaba desprotegido en aquella sociedad difícil, peligrosa y salpicada de guerras y rebeliones. Sólo la familia amplia podía ser garante de un mínimo de estabilidad para el niño que quedase solo.
Pues precisamente un niño, uno cualquiera, sin nombre ni apellidos, un crío desconocido, es la respuesta a las ansias de poder de los apóstoles, de los papas medievales –algunos–, de los fundamentalistas, tuyas y mías. A todos nos da Jesús la misma lección: la ternura de un abrazo protector sobre un niño indefenso y desvalido.

Quizá la idea que estoy expresando no sea tan difícil de entender, pero voy a intentar demostrar que ni siquiera los cristianos de a pie la tenemos interiorizada: Cuando en alguna celebración litúrgica oímos la expresión «Dios todopoderoso», ¿tendemos a pensar que se trata de una expresión poco afortunada? ¿Preferiríamos otra más «acorde» con el evangelio? Yo reconozco que a mí me pasaba, hasta que me explicaron que para Dios, el «poder» es la capacidad de darse, de entregarse, de servir, de abrazar a un niño. Por eso Dios es «todopoderoso», y no tanto porque sea creador –que también, aunque la idea de un dios creador está en muchas otras religiones–, porque ha sido capaz de rebajarse del todo, de «ser el último de todos» y de «servir a todos».
Esto es lo que nos pide Jesús, cumpliéndolo él primero. El que quiera ser el primero, el más cristiano, el más evangélico, que se ponga a servir, y se dará cuenta de que, como mucho llegará a ser el penúltimo, pero no el último; porque el último, el que más sirve, el que más se entregó y se entrega, es Jesús, el «todopoderoso».

(També en valencià en laparaula.com)

4 comentario en “Ansias de poder… (Marcos 9,31-37)

  1. que verdad es que el ser humano ansia poder, pero el poder como lo entiende el ser humano, no es tan importante, el verdadero poder está en el amor, y creo que en parte eso era lo que queria decir cristo, todo es importante, el servicio echo con amor es muy importante, pues, ¿quien no necesita que le ayuden de una manera u otra?. Que trabajo nos cuesta ser servicial.

  2. A los que me dicen «pero es que Jesús sólo era una ser humano normal», les recuerdo pasajes del Evangelio como estos. Siempre he dicho que la prueba definitiva de que Cristo era Hijo de Dios y que la religión y la fe son reales y tienen sentido (me refiero a pruebas empíricas, de esas que tanto les gusta paedir a los escépticos radicales), es que un mensaje como este (que el poder implica la capacidad de entregarse a los demás, de servir, y no de dominar) es una idea tan revolucionaria, tan poco humana, que sólo puede proceder de Dios.

    Como siempre, un gusto leerte, aunque hace ya tiempo que no te veo asomar la nariz por el Facebook 🙂

  3. Gracias Estelwen. Ciertamente, Dios le da la vuelta a la historia humana con la propuesta del poder del amor. Pero yo no apuntaría tanto a «pruebas empíricas», porque sigue sin ser comprobable que esa idea provenga de Dios. Para mí lo importante es reconocer que la vida de toda persona está basada en la fe. Tanto si se trata de fe religiosa como si no, nadie llega a sus convicciones a partir de la observación rigurosa y sin ideas previas. Todos tenemos unos principios desde los que observamos el mundo, en gran parte a partir de nuestra cultura y educación, y en parte a partir de nuestras experiencias y reflexiones propias. Incluso el «método científico» es un método inventado antes de ponerse a investigar científicamente la naturaleza. Es decir, que, por definición, el método científico no es científico, sino filosófico.
    Por eso, los que afirman que no es fiable creer en nada si no está demostrado científicamente están diciendo una afirmación no demostrada científicamente, sino proveniente de su fe.

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