9 Ago 2020

¡Sígueme sin excusas! (Lucas 9,51-62)

[Evangelio del domingo, 13 del Tiempo Ordinario – Ciclo C]

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Lucas 9,51-62

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:
—Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?
Él se volvió y los regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno:
—Te seguiré adonde vayas.
Jesús le respondió:
—Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
A otro le dijo:
—Sígueme.
Él respondió:
—Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó:
—Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo:
—Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó:
—El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios.

En el Evangelio de Lucas la palabra «camino» es muy importante, porque Lucas compara la vida cristiana con un camino, con el camino que hace Jesús. En el pasaje que leemos hoy comienza este itinerario de forma solemne: Jesús va decidido a Jerusalén, porque esa es la voluntad del Padre, porque allí entregará su vida por amor a nosotros.
Al empezar este camino, Lucas nos quiere hacer reflexionar sobre qué significa «seguir» a Jesús. Nos presenta cuatro situaciones con discípulos o seguidores y las respuestas de Jesús. A veces, las palabras de Jesús nos resultan duras y sorprendentes, por ello hay que saber interpretarlas bien.

1. Santiago y Juan entienden el seguimiento de Jesús como un poder, como una autoridad; quieren imponer sus ideas a esos samaritanos que no les acogen. Quizá recuerdan algún pasaje del Antiguo Testamento en el que se describe a Dios como un juez castigador; pero ellos no son Dios, ni tampoco les corresponde juzgar. Jesús, ante la pretensión tan descabellada de sus discípulos, les riñe. Él no ha venido para imponer su mensaje, sino para ofrecer gratuitamente la salvación a quien quiera acogerla.
Nosotros también podemos tener la tentación de imponer nuestras ideas, de creernos superiores por ser cristianos; en la Iglesia hemos tenido muchas veces esa tentación. Pero no podemos «aprovecharnos» de ser discípulos de Jesús, los cristianos somos siempre servidores; para eso nos ha escogido Jesús, para servirle llevando su mensaje al mundo. No podemos superar las dificultades con violencia, sino con la humildad y mansedumbre de Jesús.

2. En la segunda escena, alguien por propia iniciativa se ofrece a seguir a Jesús, pero él le responde con cierta crudeza: «La zorras tienen madrigueras y los pájaros nido pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». En el fondo es una forma de aclarar las cosas antes de que empiece el seguimiento, para que ningún discípulo pueda decir que le han engañado.
Quizá aquella persona tan bien dispuesta estaba esperando que Jesús le dijese a dónde iba, que le marcase el itinerario, las paradas, la ruta, los objetivos, las etapas intermedias, el calendario… Muchos estarían dispuestos a seguir a Jesús a cambio de seguridad, de estabilidad, de certezas…
Pero el camino del cristiano no está predeterminado, no es igual para todos. A cada uno Jesús nos va conduciendo por la vida, si queremos seguirle, por nuestro propio camino. Cada uno y cada una tenemos una vocación, una familia, un trabajo, un entorno… el cristiano no se define porque haga lo mismo que otros, sino por dejare guiar por Jesús.

3 y 4. La tercera y cuarta escenas son semejantes; sorprende que Jesús hable con tanta dureza. «Enterrar a los muertos» era una de las obras de caridad más importantes para los judíos. «Despedirse de la familia» nos parece muy lógico. ¿Por qué Jesús no acepta la actitud de estas dos personas que quieren seguirle?
La clave está en la palabra «primero». Le dicen a Jesús que sí están dispuestos a seguirlo pero «primero» tienen cosas que hacer. Es el «sí pero…» que tantas veces define nuestras vidas. No nos decidimos a comprometernos porque tenemos que resolver «primero» muchos problemas; debemos aclarar nuestro pasado, queremos tenerlo todo claro y resuelto antes de embarcarnos en la aventura del seguimiento.
Si actuamos así, nunca daremos ningún paso. Aunque los requisitos de los que hablemos sean muy importantes. «Te sigo, pero primero tengo que resolver tal o cual cosa…». Jesús denuncia con radicalidad la actitud mediocre que tantas veces nos define. No hay nada «primero» a seguir a Jesús. Si hemos descubierto la enorme alegría de la salvación que él nos ofrece, si hemos captado el inmenso amor que él nos regala y del que nos hace partícipes, no tendremos excusa, no tendremos nada que hacer «primero», sino que toda nuestra vida quedará coloreada, quedará impregnada del Evangelio.
No es que Jesús rechace que se hagan obras de caridad o que se cuide de la familia, lo que rechaza es que se pueda hacer eso independientemente de nuestro ser cristianos.
Todavía muchos pueden pensar que son cristianos en algunos momentos de su vida, pero que en otros momentos no tiene importancia; que son cristianos cuando van a misa o cuando rezan, pero que Jesús no tiene nada que ver con su trabajo, con sus negocios, con su comportamiento, con su rutina de cada día.
Jesús rechaza esa actitud. Para seguirle no es necesario ser héroes, pero sí estar convencido de que él está presente en nuestra vida, en toda nuestra vida, en todo momento.

(Domingo 13.º del Tiempo Ordinario – Ciclo C)

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