¿Qué hay más allá? (Lucas 20,27-38)

[Evangelio del domingo, 10 nov 2013]

Lucas 20,27-38:
Se acercaron entonces unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:
—Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si el hermano de uno muere dejando mujer sin hijos, su hermano debe casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano». Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con la viuda, y así hasta los siete. Todos murieron sin dejar hijos. Por fin murió también la mujer. Así, pues, en la resurrección, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.
Jesús les dijo:
—En la vida presente existe el matrimonio entre hombres y mujeres; pero los que logren alcanzar la vida futura, cuando los muertos resuciten, no se casarán; y es que ya no pueden morir, pues son como los ángeles; son hijos de Dios, porque han resucitado.
»Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo da a entender en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob». No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él.

El judaísmo del siglo I era muy diverso. Había muchos grupos con distintas ideas sobre su propia fe. Todos compartían unos puntos básicos, como la creencia en un único Dios, frente a los múltiples dioses de todos los demás países, y la autoridad de la Ley de Moisés, los cinco primeros libros de la Escritura. Sin embargo se diferenciaban en la forma de interpretar esa Ley, y en el valor que le daban a los otros libros de nuestro Antiguo Testamento, como los profetas o los salmos.
Los saduceos, por ejemplo, eran un grupo minoritario pero poderoso económica y socialmente, asentado en Jerusalén. Colaboraban con el orden establecido y el poder solía oscilar entre unas pocas familias. Aceptaban sólo los cinco libros de Moisés, el Pentateuco, y rechazaban muchas tradiciones orales que los fariseos, por su parte, valoraban mucho.
La resurrección era, para ellos, un absurdo. La entendían como una vuelta a la vida tal como la conocemos ahora, aunque quizá pensasen que no habría enfermedades ni otra muerte. Todos volverían a la vida en el mismo estado en que murieron, y se dedicarían a lo mismo, se seguirían casando, teniendo hijos, etc. Los fariseos, apoyados en algunos textos de la Escritura, aceptaban esta idea.

Así las cosas, se acerca un grupo de saduceos a Jesús y le plantean un caso teórico utilizando una especie de parábola. Era la forma normal de discusión entre escuelas y grupos de reflexión. Recurren a la llamada «Ley del Levirato», que pedía que los hermanos de un difunto se casasen con la viuda por varios motivos; ante todo para que las tierras que le correspondían a ese hermano difunto (que, si era el primogénito, eran más que las de los otros), no cambiasen de familia si la viuda se casaba con otro hombre; también era importante que el nombre del difunto no se perdiese, y para ello necesitaba descendencia; y además, era una forma de proteger a las viudas, que en aquella sociedad patriarcal, podían quedar solas y desamparadas. El clan de su marido difunto tenía obligación de darle sitio en su propia familia.
El caso que le presentan, desde la visión de los saduceos, tiene una respuesta clara: es absurdo creer en la resurrección, porque si fuese cierta sucederían estos casos sin solución.
Jesús les da la razón tan sólo en una cosa: Es absurdo creer de esa manera en la resurrección. Hace una comparación entre la vida «presente» y la «futura» que desenmascara el simplismo de su planteamiento. Dios tiene el poder de crear la vida, de hacernos participar en la resurrección, de hacernos hijos suyos. Y para demostrárselo, utiliza una cita de la Escritura, de un libro que ellos sí aceptaban, el Éxodo. En el pasaje famoso de la zarza ardiente, Dios habla con Moisés y, antes de darle su misión, se presenta a él como el Dios de su padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (Éxodo 3,6). Jesús ha elegido un texto muy importante que todos los judíos conocían bien. En él Dios se manifiesta como quien va a hacer justicia a su pueblo, el que lo va a salvar, el que ha escuchado su súplica por la opresión egipcia. Es un texto que subraya el poder de Dios para hacer lo imposible, y que acabará haciendo pasar a su pueblo de un tipo de vida de esclavitud a otra vida mejor, la de la tierra prometida. El texto pues, incluye una gran riqueza de símbolos entrelazados que apuntan a la resurrección, aunque no hable directamente de ella.
Después Jesús hace también su interpretación, criticando la de los saduceos. Les está diciendo: Si no existe la resurrección, cuando Dios afirma que es «el Dios de Abraham», estaría reconociendo que es un Dios de muertos. Los saduceos querían demostrar que la resurrección era un absurdo, pero Jesús les ha demostrado que son ellos los que interpretan la Ley de forma absurda.

La vida resucitada no es una vida igual a la actual y, por tanto, no se puede describir con nuestro lenguaje, que ha surgido de la vida actual y sirve para expresarla ahora. La única forma de hablar de la vida «futura» es con imágenes o metáforas. Jesús la compara con la vida de los ángeles, pero tiene cuidado de decir «como» los ángeles.
San Pablo, cuando le preguntan sobre ello, utiliza también imágenes de su época para expresarlo. En aquella época pensaban que los astros celestes estaban hechos de una «materia» diferente, el éter. Pablo utiliza el éter como metáfora de ese «cuerpo diferente» que será el cuerpo resucitado. Llega a decir una expresión paradójica: «cuerpo espiritual», en contraposición al «cuerpo material», que es el actual. Esto no se puede entender como descripción, sino como imagen que intenta expresar algo que nuestro lenguaje no permite.
Desde siempre ha existido el lenguaje poético. En nuestra cultura está denostado, como si el lenguaje «de verdad», el que dice las cosas «como son», fuese sólo el científico, y el lenguaje poético hablase dando rodeos, sin «verdades». Pero no es así, el lenguaje poético surge para expresar aquello que parece inexpresable, aquello que no es tan claro ni evidente, que no se puede palpar, medir ni pesar, pero que existe en nuestra vida, que tiene una presencia indiscutible en el mundo. La poesía, durante siglos y todavía hoy, ha hablado mucho del amor, la realidad más importante que ni se puede cuantificar, ni pesar, ni objetivar. Pero también ha hablado del ser humano, que tiene una dimensión de misterio, de desconocido, que sólo se puede expresar con lenguaje poético.
El lenguaje de las imágenes, las comparaciones, las metáforas no es un lenguaje de segunda categoría, sirve para expresar otras cosas, otras realidades que no son palpables ni medibles, pero que están ahí, nos hace ser seres humanos y no simples masas de células; nos hace contemplar el universo y maravillarnos de su belleza; nos hace preguntarnos sobre el amor, sobre la justicia, sobre el más allá, sobre el más acá.
Pero, ¿qué hay más allá? Los cristianos no damos una respuesta diciendo: «lo sabemos». Damos una respuesta más humilde: «lo esperamos». Creemos firmemente en Dios, que igual que nos ha creado con nuestro cuerpo material, puede re-crearnos de nuevo a su imagen y semejanza; creemos que el amor es más fuerte que la muerte, que no somos simples masas de carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno que, al morir, se deshacen en la nada. No pensamos que después de esta vida viene otra, como si no tuviesen nada que ver. Creemos en el anuncio de Jesús; en Dios que nos ha prometido estar para siempre con él; esperamos que nuestra vida de ahora tiene un sentido pleno, eterno, que sólo será visible totalmente en el futuro. El sentido pleno lo tiene ya, la eternidad la vivimos ya, pero sólo será desvelada completamente cuando estemos junto a Dios y junto a nuestros seres queridos para siempre.

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3 thoughts on “¿Qué hay más allá? (Lucas 20,27-38)

  1. Muy bonito, Javi, sobre todo eso de “lo esperamos”: la fe nos da un “plus de conocimiento” que la razón, por sí sola, es incapaz de darnos.

  2. Este tema me da tanto miedo… 🙁
    Pero en fin, yo siempre me consuelo pensando que, si Dios ha sembrado en nosotros una individualidad y un amor por otras personas, Él no siembra sin propósito: “espero” (es lo único que de verdad espero) seguir siendo yo en el otro lado, con mis recuerdos, y seguir estando junto a mis seres amados, sabiendo que son ellos y que me siguen conociendo y amando como yo a ellos.
    También hay que pensar que, si Dios es la bondad y la perfección, el mundo y la vida que ha preparado para nosotros han de ser perfectos, de modo que tenga no sólo todo lo que deseamos que haya, sino mil maravillas nuevas en las que ni siquiera podríamos haber pensado. Y francamente, sin este consuelo, sin esta esperanza que es nuestra única defensa contra el miedo, yo no sé cómo diantre pueden los ateos dormir por las noches.

  3. Bendiciones gracias por la explicación, lo de la poesía es muy bonito.

    Dios no espera cuando terminemos nuestra misión
    pero una misión que venga de Él y no de nosotros
    solo hay que tomar en cuenta nuestro entorno y capacidades
    para saber que quiere que hagamos con lo que tenemos
    y tome de ejemplo nuestra vida para otras personas que no tienen fe.

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