15 Dic 2019

Nos estamos equivocando (Juan 2,13-25)

[Evangelio del domingo, 11 de marzo 2012]


Juan 2,13-25:

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
—Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
—¿Qué signos nos muestras para obrar así?
Jesús contestó:
—Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
Los judíos replicaron:
—Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Mucha gente se inquieta cuando observa a Jesús, con el látigo de cuerdas en la mano, empujando a los bueyes, volcando las mesas de los cambistas y exigiendo a los vendedores de aves que saquen fuera del Templo su mercancía. Parece que no nos cuadra con el Jesús bueno y misericordioso al que estamos acostumbrados. ¡Jesús enfadado! ¡Imposible!
Pues sí. Lo que todos los evangelios quieren subrayar, cada uno con su estilo, es que Jesús es capaz de expresar el amor de Dios por la humanidad también con signos extremos. Pero, ¿por qué es tan importante el mercado del Templo? Vamos por partes.
En las religiones de la antigüedad, y también en el judaísmo, eran habituales los sacrificios de animales a los dioses. Eran expresión de agradecimiento, de penitencia, de donación… Por eso, alrededor de los templos se organizaban mercados que proveían a los peregrinos de lo necesario para el sacrificio: toros y terneros para los más ricos y palomas y pichones para los sacrificios de los pobres. En Jerusalén, además, la moneda del Templo era exclusiva i diferente de la moneda romana de uso habitual y por tanto tenían que cambiarla, con la correspondiente comisión de los cambistas.
Pero el problema no son ni los sacrificios ni los vendedores. El problema que enfada a Jesús es el planteamiento. ¿Qué es el Templo? ¿Qué significado tiene? ¿Qué debería aportar a los seres humanos y qué está aportando? Y, más profundamente, ¿qué es la relgión? Quién es Dios? ¿Cómo nos relacionamos con él?
Los gestos que hace Jesús, con apariencia violenta, tampoco son un invento suyo. Está imitando el estilo de los profetas que hacían signos llamativos para atraer la atención del pueblo sobre un punto especialmente importante, esencial, de su mensaje. Y aquí es donde Jesús tiene algo que decir: Os estáis equivocando.
La religión, tal como Jesús la ve, ha de hacer a los hombres y mujeres mejores, dándoles la oportunidad de ser ellos mismos, de sentirse profundamente amados por Dios sin condiciones, sin requisitos. Vivir el amor que recibimos de Dios nos dará una visión de la vida, del mundo, de los demás transformada por la propia visión de Dios. La vida tiene sentido, el mundo es el lugar que todos compartimos y en el que todos podemos colaborar, los demás son hermanos amados por el mismo Dios que me ama a mí.
El Templo solo es un signo; necesitamos signos que nos recuerden que no todo en la vida son negocios y relaciones interesadas, que la gratuidad existe, que somos un regalo de Dios para los demás y que los demás son un regalo de Dios para nosotros.
El mercado del Templo significa convertir lo más sagrado en un negocio como cualquier otro, subrayar que Dios es un negociante como lo son todos (como lo somos todos), que te hará más o menos caso según lo que estés dispuesto a pagarle. En el fondo, es convertir a Dios en un ídolo cualquiera, en una falsificación que destruye la propia persona. Es corromper lo que Jesús considera más sagrado: el ser humano.
Sí. Porque lo más sagrado para Jesús no es Dios, sino las personas que él ha creado. El auténtico enfado de Jesús no viene del daño que le puedan estar haciendo a Dios los toros y las palomas; ¡qué le importa a él! La agresividad que Jesús muestra solo quiere expresar la agresión que él siente contra las personas: Si hacéis eso, si convertís la casa del Padre en un mercado, si creéis que lo más sagrado se puede comprar y vender… os estáis equivocando.
Y es que el Templo no es el Templo. El Templo, como hemos dicho, es solo un signo. El auténtico Templo de Dios, el auténtico mercado destructivo, idolátrico, profanador de lo más sagrado, es el que tenemos todos montado en nuestro corazón. Es allí dentro donde Jesús quiere llegar con sus palabras y sus acciones. Es en el donfo del alma donde estamos (¡todavía!) confundiendo a Dios con un prestamista, con un usurero.
Todavía hoy en día nos resulta muy difícil comprender que la gratuidad es el único camino hacia la verdadera libertad, hacia el auténtico ser nosotros mismos. Todavía usamos los medios, el dinero y los objetos con un apego que no se merecen. Es cierto que los necesitamos, pero no para ponen en ellos el corazón. Todavía vemos y predicamos la religión como un sistema de creencias y no como la relación abierta, libre, amorosa entre Dios y los hombres y mujeres del mundo. Todavía ponemos precio a nuestro amor, o pensamos en las tarifas del amor de los demás. Todavía pesa demasiado el dinero en nuestras decisiones, tanto personales como estructurales.
Quizá, nos estamos equivocando.

(Domingo 3.º Cuaresma – Ciclo B)
Foto: bibliayvida.com. Maqueta de Jerusalén en la ciudadela de David

(Versión en chino: http://www.tianren.org/sj/show.asp?id=20853)

3 comentario en “Nos estamos equivocando (Juan 2,13-25)

  1. javi una pregunta que no tiene que ver con el texto:
    Hay muchos evangelios en los que jesus se dirije a las mujeres y nunca las llama por su nombre, siempre les dice «mujer» incluida a su madre. ¿tienes alguna idea de porque puede ser?.
    Gracias y perdon por las molestias.

    1. Hola, andromeda. Depende de textos. Hay bastantes mujeres que aparecen sin nombre, entonces no hay otra forma de llamarlas. Cuando Jesús llama a su madre ‘mujer’ (en dos escenas del evangelio de Juan), tiene un significado simbólico. María es la humanidad nueva que Jesús viene a rescatar. Hay una comparación implícita con Eva, que fue la mujer que, junto con Adán, representa el pecado, la oposición a Dios.

      1. gracias javi, por tu respuesta, es que me acorde y es algo que siempre me ha llamado la atencion no se porqué. Comprendo que jesús no le va a decir «eh tu quilla» o algo asi, pero me choca que diga eso de «mujer» me suena hasta contundente.
        Gracias por la aclaracion. Si no comento no te asustes ando algo perdida.

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