Llamados por Jesús y enviados al mundo (Marcos 6,7-13)

[Evangelio del domingo, 15 de julio 2012]


Marcos 6,1-13:

Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió:
—Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

En el evangelio de Marcos, los seguidores de Jesús son unos personajes muy interesantes. A veces son buenos discípulos, que hacen caso a Jesús i tienen éxito, otras veces les puede el miedo, o no lo entienden, o buscan posiciones de poder. Los seguidores del evangelio son un buen ejemplo de los cristianos reales. Por una parte queremos ir detrás de Jesús, seguir sus pasos, vivir su mandamiento del amor; por otra, el egoísmo nos puede vencer, los deseos de ser nosotros más que los demás y más que Dios.
El fragmento del evangelio de hoy nos muestra el envío que Jesús hace a los doce. Sus indicaciones son muy iluminadoras. El texto comienza con la llamada: Jesús llamó a los Doce. Igualmente, nosotros somos cristianos porque Jesús nos ha amado, nos ha escogido, nos ha llamado. Lo ha hecho, seguramente, a través del amor de nuestros padres, o de otros familiares, o de personas cercanas, o quizá con algún acontecimiento extraordinario. La conciencia de ser llamados por Jesús, porque nos ama, ha de ser el primer motor de cualquier cristiano.
Jesús nos llama y nos envía, nos lanza al mundo para que llevemos su mensaje. Los doce van con «autoridad sobre los espíritus inmundos» que tiene Jesús. Ellos no hacen las cosas por sí mismos, sino porque comparten el mismo Espíritu Santo que Jesús recibió en el Bautismo. El Espíritu de Dios habita dentro de nosotros y nos hace capaces de vencer los males de este mundo, que son tantos.
Las recomendaciones para el camino nos parecen pintorescas; sin pan, ni dinero, ni una muda… Muestran una actitud: la confianza total en Dios. Los primeros cristianos, cuando viajaban por el Mediterráneo, ya no podían cumplir estas indicaciones, porque necesitaban dinero y vestidos de repuesto; no era lo mismo caminar por Palestina unos pocos kilómetros de aldea en aldea que atravesarse todo el Mare Nostrum. Pero recordaban todavía las palabras de Jesús que nos transmite el evangelio, porque sabían que la actitud que Jesús pide a los doce seguía siendo válida. No podemos poner nuestra confianza en el dinero, en la propia imagen, en nuestras fuerzas. Tampoco cuando se trata de evangelizar. El éxito del cristiano no se mide por los medios que utiliza, aunque sea muy interesante utilizar los mejores que podamos. El éxito del cristiano está solo en la acción de Dios. Y, por tanto, la confianza en que es él quien actúa ha de ir por delante.
Después Jesús nos hace una advertencia: sabed que no todos os acogerán. Hay gente que no quiere oír hablar de la salvación que dios les regala. Incluso para los que no escuchan, tiene Jesús un signo que ofrecerles. Después será solo Dios el que juzgue. Solo él sabe qué hay dentro del corazón.
Los doce se van a predicar y tienen mucho éxito. Predican y hacen curaciones y, si nos fijamos bien, veremos que se trata de la misma predicación y de las mismas curaciones que Jesús hacía. Los seguidores de Jesús tenemos que ser Jesús mismo, que continúa su tarea de salvar el mundo. Hay una diferencia, eso sí, cuando se habla de las curaciones, los doce han de usar aceite como signo, y eso a Jesús no le hacía falta. Nosotros no podemos nunca sustituirlo, solo somos unos pobres enviados para hacer aquello que nos ha pedido.
El texto del evangelio de hoy es una fuerte llamada a todos nosotros a sentirnos escogidos, llamados y enviados por Jesús. El mundo no nos es indiferente; las alegrías y las tristezas de los hombres y mujeres del mundo han de ser nuestras alegrías y nuestras tristezas. Si vivimos con confianza plena en Dios, él sabrá hacer, a través de nuestras pobres personas, el milagro de la construcción de su Reino de amor.

(Domingo 15.º Ordinario – Ciclo B)
(Dibujo: fano)

(Esta entrada también está disponible en: Valenciano)

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