Jesús nos mira y se compadece (Marcos 6,30-34)

[Evangelio del domingo, 22 de julio 2012]


Marcos 6,30-34:

Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:
—Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.
Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

El domingo pasado, Jesús envió a los doce a anunciar el Reino de Dios por las aldeas de alrededor. Hoy Marcos nos cuenta que vuelven y le explican todo lo que habían hecho y enseñado. El breve fragmento que leemos está lleno de trabajo, y eso ya nos da una pista de lo que nos quiere transmitir. Jesús intenta llevar a sus discípulos a descansar, pero les resulta imposible.
Marcos insiste mucho en esto; dos veces nos dice que había tanta gente buscando a Jesús que no tenían tiempo ni para comer. Los cristianos nos hemos de sentir llamados con urgencia a manifestar nuestra fe y a compartirla; a ofrecerla a quienes nos quieran escuchar. Hay mucho que hacer.
La multitud que corre para llegar donde Jesús iba es expresión de un deseo, de un anhelo profundo de felicidad que la vida que tenían no les colmaba. Pero no nos engañemos, eso no significa que toda la gente comprendiese a Jesús ni que quisiesen seguirlo ni obedecer su mandamiento. De hecho, incluso sus discípulos, al principio, serán incapaces de dar la vida por él. La gente, en el evangelio de Marcos, busca a Jesús, pero no lo acaba de aceptar.
Algo parecido se vive en nuestro tiempo. Muchos tenemos la impresión de que la sociedad no va por buen camino, que se podrían hacer muchas más cosas, o hacerlas de otra manera. Nos sentimos indignados ante muchas noticias que nos muestran el egoísmo de unos cuantos ricos y poderosos, pero no hacemos llamadas radicales a abandonar nuestro propia avaricia. Por eso, vemos que las multitudes corren detrás de salvaciones efímeras, detrás de triunfos futbolísticos, de colores de camisetas, de comodidades que prometen una felicidad vacía… Hoy en día la gente también corre, cada vez más deprisa, pero no sabe muy bien dónde va.
El final del evangelio de hoy nos deja otra perla para saboreas: Jesús los ve y se compadece de ellos. También sucede hoy, Jesús nos ve ir de aquí para allá, buscando dónde descansar nuestra alma cansada, y se le llenan las entrañas de misericordia por nosotros. Jesús tiene mucho que enseñarnos, si queremos sentarnos a escucharlo. Y todo lo que nos dirá parte de su corazón misericordioso que nos mira y nos ama.
Los cristianos estamos invitados hoy a hacer como Jesús, a mirar a la gente de nuestro alrededor con ojos de misericordia, compadecernos de todos los que buscan y no saben qué ni dónde. Nos vence con frecuencia la tentación de ser jueces, de decirles a los demás que lo hacen todo mal, que no entienden nada, que solo nosotros tenemos la verdad. Nos sentimos superiores cuando decimos a los demás qué han de hacer. Pero nos falta lo más importante: mirarlos con amor, amarlos desde lo profundo de nuestro corazón, como Jesús nos ama a nosotros y a ellos. Quizá así nuestras palabras serían más humildes, y el evangelio sería más acogido.

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(Domingo 16.º Ordinario – Ciclo B)
(Dibujo: fano)

(Esta entrada también está disponible en: Valenciano)

3 thoughts on “Jesús nos mira y se compadece (Marcos 6,30-34)

  1. Tienes toda la razón. Demasiadas veces la sabiduría está teñida de propotencia. Es curioso que la humildad, la caridad y la empatía, que tan importantes son en el mensaje de Jesús, sean las virtudes menos populares para aquellos que dicen seguirle. Y todo acaba siendo siempre a causa del orgullo, en el que yo soy la primera en caer… 🙁

  2. yo siento compasiòn por algunos enfermos y por todos los pecadores que no se arrepienten para cambiar sus vidas y que, cuando mueran, probablemente se van a ir al infierno -en donde nunca verán a Dios y de donde nunca podrán salir-. Todos los días oro por la conversión de los borrachos y de los homosexuales. No siempre oro por las prostitutas y por loa asesinos. Debería hacerlo todos los días para que se conviertan de sus malos caminos.

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