15 Dic 2019

El mensaje de Jesús tiene miga (Juan 6,24-35)

[Evangelio del domingo, 18.º Ordinario – Ciclo B]


Juan 6,24-35:

En aquel tiempo, cuando la gente vio que no estaban allí ni Jesús ni sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Lo encontraron al otro lado del lago, y le dijeron:
«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».
Jesús les contestó:
«Os aseguro que no me buscáis porque habéis visto milagros, sino porque habéis comido pan hasta hartaros. Procuraos no el alimento que pasa, sino el que dura para la vida eterna; el que os da el hijo del hombre, a quien Dios Padre acreditó con su sello».
Le preguntaron:
«¿Qué tenemos que hacer para trabajar como Dios quiere?».
Jesús les respondió:
«Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado».
Le replicaron:
«¿Qué milagros haces tú para que los veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo».
Jesús les dijo:
«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo; mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo».
Ellos le dijeron:
«Señor, danos siempre de ese pan».
Jesús les dijo:
«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Después de que Jesús ha alimentado a la multitud con los cinco panes y los dos peces, y ha tenido que huir porque querían hacerlo rey, la gente sigue persiguiéndolo, buscándolo, esperando de él más signos prodigiosos.
Cuando lo encuentran, Jesús les echa en cara que no le buscan por haber entendido el signo de los panes, sino porque han quedado saciados. Les está pidiendo que profundicen en su búsqueda, que comprendan que su mensaje va mucho más allá del estómago. Por eso, comienza esta semana un discurso que continuará en próximos domingos y que quiere explicarles que Jesús mismo es el pan de vida que necesitan: el «discurso del pan de vida».
Ante todo, hace una distinción entre el pan que se puede corromper i el «pan eterno», un pan que da vida plena, auténtica. La comparación es muy interesante, también para nuestro tiempo, porque hoy mucha gente tiende a pensar que la religión es un elemento separado de la vida cotidiana, que la relación con Dios se realiza en unos momentos a la semana, pero el resto del tiempo se vive la «vida real», que no tiene nada que ver con la fe. Por eso Jesús usa la comparación del alimento más común, del pan. Para él, vivir en la presencia de Dios es tan frecuente y tan habitual como el comer; y además, tan necesario.
La segunda pregunta de la gente también tiene miga: Qué hemos de hacer. De nuevo Jesús rompe una distinción que solemos hacer los cristianos: por una parte está la fe en Dios, la oración, los sacramentos, y por otra están las obras de amor y justicia que nosotros hacemos por nuestra fe. Para Jesús no son dos cosas distintas: Lo que Dios quiere que hagamos no es una acción, sino que «creamos» en Jesús. ¿No es un planteamiento muy pasivo? ¿No nos pide Dios que ayudemos a construir el Reino luchando contra la injusticia y haciendo una sociedad más solidaria? Claro que sí, pero todo esto es lo que Jesús llama «fe». Estamos demasiado acostumbrados a pensar que la «fe» es algo que está dentro de nuestra cabeza, o de nuestra alma, cuando en realidad la «fe» es un estilo de vida que incluye pensamiento, sentimiento y acción, todo unido e inseparable. Por eso, la obra que Dios nos pide es creer en Jesús.
La tercera pregunta de la gente es sorprendente, le exigen un signo milagroso de parte de Dios, como si alimentar a miles de personas lo hiciese cualquiera. Ellos no han entendido que el signo del pan en realidad estaba indicando quién es Jesús: el verdadero alimento del mundo. Ahora quieren otro milagro, y Jesús no se lo va a dar, porque lo importante es que profundicen en lo que han vivido con Jesús, que comprendan que él es el regalo definitivo de Dios al mundo.
El evangelista Juan lee la historia del pueblo de Israel como una flecha que apunta hacia Jesús, por eso cuando Dios dio maná a su pueblo en el desierto, estaba dándoles vida para anunciarles que, algún día, les daría vida definitiva. Ese día ya ha llegado, por eso Jesús se compara al pan que ha bajado del cielo enviado por el Padre.
Para nosotros, cristianos de hoy en día, las palabras de Jesús nos tienen que sugerir muchas cosas. Por un lado, podemos preguntarnos si realmente Jesús es tan cotidiano en nuestras vidas como el pan, si comprendemos que él está siempre a nuestro lado, que la fe no es un adorno de los domingos, sino una forma de vivir a cada momento. También nos ayuda a entender la eucaristía, que no es una celebración obligatoria, porque ninguna ley obliga a comer, sino una reunión en la que Jesús nos alimenta con su vida.
Podemos rezar confiados y agradecidos al Padre, conscientes de que él nos ha enviado a su Hijo para darnos vida plena, y seguir pidiéndole que «nos dé el pan de cada día». Podemos pedirle también que nos ayude a comprender qué quiere de nosotros: Jesús lo ha dicho claro, que creamos en él, y eso nos tiene que llevar a vivir de una determinada manera, llena de Dios y de vida, que sea capaz de dar vida a los demás.

 

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