15 Dic 2019

¿Buscando a Jesús o buscados por Jesús? (Lucas 19,1-10)

[Evangelio del domingo, 31º del Tiempo Ordinario – Ciclo C]

Lucas 19,1-10:

Entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.
Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
—Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.
Él bajó en seguida, y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban diciendo:
—Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
Pero Zaqueo se puso de pie, y dijo al Señor:
—Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
Jesús le contestó:
—Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Zaqueo nos resulta un personaje simpático. Eso de que sea bajito y tenga que subirse a una higuera para ver a Jesús tiene su gracia. Y más si lo imaginamos como un señor con su edad, sus ropas caras –ya nos dice Lucas que era rico–, y su posición económica respetable. Verlo con los faldones arremangados y agarrado a una rama resulta bastante cómico.
Jericó es una ciudad fértil junto al río Jordán; un verdadero oasis de palmeras rodeado de desierto de rocas resecas. En aquella época era un cruce importante de rutas comerciales que podía reportar grandes beneficios a los cobradores de impuestos, y más todavía al jefe de recaudadores: Zaqueo.
Para sus paisanos no sería nada simpático. Sabemos que había poco control sobre los recaudadores, que podían estafar fácilmente, y que eran considerados pecadores, impuros ante Dios. El mismo Zaqueo reconocerá que era un ladrón, con una frase muy clara: «Si de alguno me he aprovechado…»; vamos, es una confesión pública en toda regla.

Al principio se dice que Jesús «pasaba» por Jericó. Lucas utiliza un verbo poco preciso, podría quedarse en la ciudad o simplemente atravesarla y salir de ella; no se menciona una meta.
La presentación de Zaqueo, como hemos mencionado, es ambigua. Es un hombre que se ha enriquecido a costa de otros; despreciado y seguramente envidiado por muchos. Pero la curiosidad le puede, ha oído hablar de Jesús y quiere verlo. Pertenece a la misma cultura mediterránea que nosotros –tan cotilla a veces–, pero todavía no tiene revistas del corazón llenas de fotos. ¿Qué cara tendría Jesús?, ¿qué color de ojos?, ¿qué túnica llevaría?
De repente el narrador nos cuenta que Zaqueo era bajo de estatura y que, a pesar de todo su dinero, la gente apiñada para curiosear igual que él, le impide ver nada. Así que Zaqueo se pone a correr –algo que ningún hombre respetable de aquella cultura hacía entonces ni hace ahora–, y en el colmo del ridículo, se encarama a un árbol.
Hay que subrayar que el honor y el ridículo tenían en aquella cultura mucho más peso que en la nuestra. De todo lo que Lucas nos ha dicho ya sabemos que a Zaqueo le importaba poco lo que los demás le dijesen. Pero además, sabemos que buscaba a Jesús sólo por curiosidad. Los evangelios nos hablan de montones de personas que se acercaban a Jesús buscando una curación, o hacerle una pregunta-trampa, o también para escuchar su palabra –de éstos, no tantos. En cambio Zaqueo no tiene ninguna motivación religiosa ni vital. Tan sólo «quería ver quién era»; eso es todo.
Jesús, cuando llega a su altura, cambia sus planes. Del «atravesar» la ciudad pasa a quedarse en la casa de Zaqueo. Le dirige palabras urgentes, conoce además su nombre, y provoca en él una gran alegría. Algo grande se está gestando en Zaqueo, fruto de su encuentro con Jesús, cuando ni él mismo pedía tanto.
La gente, como siempre, critica el asunto: «Zaqueo es un pecador, no es digno de recibir a Jesús en su casa. Jesús es demasiado santo, demasiado importante como para mancharse entrando en la casa de un hombre impuro». Nos suena esta crítica, es la típica de los fariseos y los escribas, la han repetido mil veces. Pero hay algo nuevo, aquí no hay escribas ni fariseos, aquí es la gente, «toda» la gente, la que murmura. ¿Tan santos eran todos? ¡Es tan fácil juzgar a los otros!
Ya sabemos que a Zaqueo le importa poco la opinión de la gente –y a Jesús, menos–, pero no nos esperábamos su conversión tan radical. Lucas no nos explica de qué estuvo hablando con Jesús, ni cómo llegó a comprender que debía cambiar su vida; ya hay otras páginas del evangelio dedicadas a las enseñanzas de Jesús y a sus exhortaciones, ahora le interesa que nos fijemos en cómo Zaqueo le ha dado un giro radical a su vida por haberse encontrado con Jesús. Piensa dar la mitad de sus muchas riquezas a los pobres y devolver a quienes ha robado más de lo que la Ley exigía.
La conversión de Zaqueo, además, es práctica y concreta; no consiste en deseos ambiguos de aceptar el mensaje de Jesús sino en rascarse el bolsillo. Si lo primero que conocíamos de Zaqueo eran sus riquezas, lo último que se nos dice es que pone aquello que tiene, que lo define, al servicio de los demás.
Jesús acaba anunciando la salvación de Zaqueo y su familia, reconociendo que también él forma parte del pueblo de Dios, en contra de la gente, que lo había marcaba como impuro y por tanto excluido de la religiosidad del pueblo.

¿Cómo aplicarnos esta lectura a nosotros? Podemos fijarnos en el juego de actitudes de los tres personajes: Jesús, Zaqueo y la gente. El relato sigue un esquema curioso de alternancia entre ellos en tres escenas:

– Jesús pasa.
– Zaqueo quería verlo.
– La gente se lo impide.

– Zaqueo corre y se sube al árbol.
– Jesús se auto-invita a casa de Zaqueo.
– La gente lo critica.

– Zaqueo se convierte.
– Jesús recuerda que ha venido a salvar a los perdidos.
– (La gente ya no dice nada, porque se ha tenido que tragar sus críticas)

Ahora pongámonos en el lugar de Zaqueo. Jesús pasa, atraviesa nuestra ciudad, nuestro entorno, nuestra vida. Hemos oído hablar de él, pero no sabemos exactamente cómo es, no sabemos quién es. Hay muchos que creen saber de él, pero cada uno da su opinión, cada uno dice una cosa distinta, que si es un curandero, que si tiene palabras que transforman, que si acoge a los pecadores… No nos vale, queremos verlo directamente, pero la gente, con su diversidad de opiniones, nos lo impide. ¿Qué podemos hacer? Lo más fácil es dejarlo correr; total, tampoco tenemos ninguna enfermedad incurable, podemos seguir con lo que tenemos…
Pero, ¿y si Jesús tiene algo especial? Valdría la pena poder verlo. Nos tragamos nuestro orgullo y pasamos hasta vergüenza, pero tenemos que acercarnos a él.
En este momento las cosas cambian, es Jesús quien toma la iniciativa, él levanta la mirada para vernos (no ofrecemos nuestra mejor imagen, pero a él no parece importarle). Quiere quedarse con nosotros, quiere que le invitemos a entrar en casa, en nuestra vida. Casi da la impresión de que Jesús no «pasaba» por casualidad, sino que nos estaba buscando disimuladamente… ¿Qué haremos ahora? De nuevo, lo más fácil es decirle que no. Mira Jesús que si te vienes conmigo te van a criticar, no te conviene…
¡Qué más da! Sé bienvenido a mi casa. Abrirle las puertas a Jesús, que además se ha auto-invitado con cierto descaro, es arriesgado. Significa dejarle que husmee en nuestro interior, en nuestras convicciones, en nuestras actitudes, en nuestras costumbres; significa que puede mirarnos a los ojos y decirnos: «Eso no está bien», «aquello tendrías que mirarlo». Es ponernos al alcance de su palabra, de su mensaje, de su mirada profunda. Pero también significa aceptar su cariño, su benevolencia, su afecto por todos; Jesús puede ser un invitado incómodo, porque en un momento de la cena nos va a mirar de frente y nos va a preguntar: «¿Qué haces con tu vida?» Por tercera vez, lo más fácil es salirse por la tangente: «Voy tirando», «lo intento», «mira, vivimos tiempos difíciles…»
Pero quizá nos dejemos interpelar por este Jesús, que ni nos exige ni nos obliga a nada, miremos hacia dentro de nuestro corazón y descubramos que nuestra vida puede ser renovada. Quizá nos levantemos ante el Señor y le digamos: Aquello que tengo, aquello que soy, aquello que me has regalado, mi vida misma, la reparto entre quienes la necesiten.
Entonces habrá entrado la salvación a nuestra casa. Y Jesús, con un guiño, nos hará comprender que toda esta aventura no había comenzado cuando nosotros, por curiosidad, lo buscábamos a él, sino cuando él se ha puesto a buscarnos atravesando nuestra ciudad, como quien no quiere la cosa.

(Domingo 31º del Tiempo Ordinario – Ciclo C)

3 comentario en “¿Buscando a Jesús o buscados por Jesús? (Lucas 19,1-10)

  1. La imagen de Zaqueo encaramado en el arbol me recuerda siempre a las personas que se encaraman a los cierros en las procesiones para poder ver bien los pasos, a los penitentes… etc. Supongo que en el fondo todos somos como zaqueo y todos queremos ver a Cristo…

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